Dejar volarte a contraluz, como si no hubiera ya más rasguño que el de tus ángulos oscuros, que el de las vetas de almagre rayadas a fuego en los sillares de la memoria titilante; dejar de seguirte y en el asfalto perderse
Va la luz, como partida, deshecha al tocar el suelo en las formas rojas que toman al caer, muertas, las hojas; cae, y rebosa de lluvia, maltrecha, astrosa, del verano satisfecha.
Yo no tengo himno ninguno, si hubiera de tenerlo resonaría en los bosques, en las profundidades verdes y azules del mundo; vibraría acorde con las corrientes de los ríos,
Es un último verso que cuelga del muro vitreo en el que se clavó; una frase sola, bailando tiembla, se revuelve a la vista del sueño sin que podamos encontrar nada,
Estar sin ti, y subvertírseme todo, hasta el tañer lejano que concita la esperanza insensible de futuros que recios, se anduvieron de rodillas. Verse desbordado por la vigilia,
Quizá hayas de quedarte atrapada en el recuerdo. Quizá sólo la sombra de tus pechos azules. Del tiempo no sacaré más que el velo de cuarzo que emborracha los rastros de tu piel transparente.
Cuando volvamos a vernos, que sea para siempre. que no nos nuble el recuerdo la despedida, ni el cielo, gris al marcharse; ni los finales, que no tienen porque serlo tanto, ni ya tan largos…
En el último latido seco del verano nos dejamos mecer aferrados a los restos del estío moribundo en su lenta partida, y arropados por el eco en los montes cercanos, vivimos de nuevo como hiciéramos entonces
Es un espacio riquísimo al fin del postrer brillo de realidad; es el remanso único y personal cuando nada es ya por o para sí. Es la suave melodía del fin,
Ocho y Medio es la muestra que pesamos confinados a la órbita elipsoide de tus bailes al filo de la noche; ocho y medio es la medida extranjera de las sendas que en ti se derramaban,
Las muescas de una puerta azul reverberan con saña en mis sabores, un crujir de pieles se inflama en los reflejos del metal descubierto de tus caderas, chocando otra vez,
Cayendo la tarde en verano y no estamos todos, donde siempre, sembrado en nuestros ojos el verde de los días de calma en fárfara de viejas piedras; cayendo la tarde y viéndome buscando lejos una señal, un sonido, la sonrisa,…
Creo que en este mundo falta mucha filosofía, mucha más; que sobra economía, por todas partes; y que falta, por encima de todo, mucha, mucha humanidad. Falta lectura, y falta cultura, en general.
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