Insomnio de la condena vital a verse rebasados por el canto dentudo de la distrofia moral; falta de sed y del hambre, quebranto del día deglutiéndose banal
Aún recuerdo la verdad de la hierba y el húmedo vistazo en sus sabores, la calma de la tarde en sus ardores y la luna niña apretando fiera. Veo, aunque de lejos, la noche sierva,
No siempre necesito la alegría, no voy destripándome los misterios que, en las brumas, aún marcan el día; prefiero que me pesen los deuterios mustios que al alma lastran todavía,
Debí ser más que lo que un día pensaba, más que la arena roja que hace las pieles brillar, como húmedas, como de aceites empañadas cada vez que recuerdas. Debí pensar menos, mucho menos,
Cómo el canto harpado en la bruma se desvanece. Cómo la carne pierde su textura y su gracia. Cómo la vida se entrega a la triste ambición…. Al pasar los cascos del tiempo inmisericorde pocas alegrías resisten, pocas victorias,
Un momento fluido, un suspiro conocido al rozarte y la memoria agitada en convulsiones al canto del aroma inconfundible de tu piel arrullada entre tu pelo,
Olvídate de mi felicidad, guarda las frases cortas y los largos consejos para quien sufra de oídos, para quien esté tan perdido como tú lo estás, angosto profeta, estólido.
Al color raro de otoño plomizo sólo a través de cruzadas octavas alcanzar sus gustos con rabia puedo, gustos de las viejas lluvias pasadas; lluvias de infantil nostalgia, recuerdo
Somos como champiñones, setas agostadas al calor de la pasión por el poder, al sol del prestigio continuo y constante en la pendiente en que despeñamos, cuesta arriba, nuestras vidas.
Efímero el tacto del recuerdo que aviva una luz caída, una calle sobrada de tiempo, los pasos cansados mirando el cielo. Inalcanzable sensación de la nostalgia
De arriba abajo de mi cavilar, siempre braceando en lo más profundo del no saber hacia donde mirar, quebrantos del día ciego y osudo quedan bailando duro ante el portal
No me digas que te diga que te quiero, que no me gusta decirlo, no quiero. No me digas que te diga que te quiero, porque quererte te requiero, pero la voz se me queda corta
Tú que dices defender toda vida, ¿Quién te crees que eres para pensarlo? ¿Quién te crees que eres para creerlo? Ignaro, sólo sabes de tu vida, esa plana superficie dormida
En la alta ladera de roca pedernalina se cuecen las durezas de tu vida rabiosa, al sol, a la lumbre de los astros inflamados, infantiles, cósmicas sombras indiferentes que colman de noche tus pantanosos vacíos.
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