Las palabras que de tus labios salen, son lluvia preciosa de plata y oro, frágil, pequeño y oscuro tesoro, música que ni las estrellas hacen. Al abrir tu boca dejas que canten,
No hay más patria que nosotros, los hombres. No tienes más casa que el mundo verde, el cielo azul y el mar de eternas fuentes; es tú razón la que se tuerce y pierde cuando engreído confundes tus nombres,
Me abruma que tú, animal ignorante, campes libre sometiendo este mundo, sentando, satisfecho y arrogante, falsas bases que apoyen el rotundo fracaso de tu esencia agonizante,
Somos pitufos de color extraño; del color de los que no somos vistos, de los que no buscamos el engaño y no queremos ser, siempre, más listos. Al contrario, preferimos el paño
Qué bien saben los rincones de siempre; qué bien, que hasta las sombras bailen frescas cuando estás con amigos. Que hasta un paseo con Virgilio, aun sobre lagos de azufre,
Qué grande es Madrid, cuando de bajada, coges Alcalá confundiéndose con la Gran Vía y encima te amanece. Qué grande es siempre Madrid cuando de no dormir se trata. Madre, qué tendrá Madrid que dormir no me deja…
Hacer del animal un ente ajeno, no es más que un síntoma de la ignorancia con la que adornáis vuestro campo muerto; vosotros que disfrutáis de la ausencia de lo humano y estercoláis el huerto
Beberme el verde de tu piel, hundirme en el azul de tu pelo y el rojo brillante de tus ojos. Del amarillo que refulge en las yemas de tus dedos, al blanco prístino del interior de tus muslos,
Decidido a no temer tu llegada, me gustaría disfrutar del sol, de la lluvia de tus hoscas mañanas, de tus tardes de olvidado calor… O de su frío, pero disfrutarlas,
Me enseñas tus dientes cuando cantas con tu risa, me regalas tu risa mientras bailan tus dientes, prefiero tus labios cuando se mueren de risa… Se ilumina tu rostro al oscilar de tus labios,
No hacemos nada. No sabemos nada. No queremos ni verlo porque agota, porque tenemos la cara cansada de tanto miserable que alborota con nuestros derechos; sobrepasada
Moras en los márgenes de mi locura, en los extremos de mi razón; eres la cumbre más alta de las sierras que en mi interior discurren. Eres campo de trigo verde,
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