Dame de beber,
pero que sea del granito,
y que caiga de la sombra
que sorbe la luz entre los claros.
Déjame la tarde
y que se quede, mecida,
atónita entre los nudos
de los pinos que la piel cobijan,
que sea como dormidos
paseantes ante el sol que se oculta:
rojo de nieves en memoria,
azul que sabe a fruta,
del púrpura al ocre
cuando mueren las raíces del alba.
Dame de beber,
pero que sean las fuentes
que del hielo caminan,
y saborear la sal
acurrucada en las revueltas
de la fluorescente savia verde
que alumbra cada rastro de sonido;
dame la frecuencia
del ruido dulce y constante,
del mecerse entre las hojas,
de dejarse en el húmedo crepitar
de la hierba nocturna.
Déjame que viva,
pero que sea con el corazón
y con la lengua,
con cada milímetro del tacto,
y que al terminar, exhaustos,
sorprendamos al día
con las manos llenas de barro
y el rostro plantado entre las risas,
henchido de todas las lunas.
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