Rodar una palabra
como si piedra fuera,
crecer en las esquirlas
y en sus cristales negros
el remedio alargado
contra la mente fría
y el corazón dormido.
Equilibrar en frases
los diminutos restos
del masticado suave
que, pasando entre letras,
deshilachamos dedo
a dedo, mano a mano,
clavando entre los ojos
agujas de fusión,
aceradas versiones
de recuerdo exiliado;
y extirpar corredores,
remendar la mirada
calcolítica, estrábica…
Asenderear, plácidos,
los bloques del sentido
en crepúsculo insomne,
púrpura la distancia,
subvertir en el ciclo
de vida de la noche
la cordura enredada
en titilantes sísmicos;
dejar la nada, sola,
ejercicio en vacío:
aprender a vaciarse,
olvidarse a volver.
Y sorber de las cósmicas
fisuras, inter mundus,
días que no volvimos,
tiempos que no seremos:
sueño que vuelve, ajeno.


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