Vivimos el mejor de los tiempos pasados.
Vivimos entre los muertos, presentes y futuros.
Vivimos con la sentencia del demente rico.

Vivimos mejor, o eso dicen; comemos dinero.
O dicen quien quiere hacernos creer
que dormimos en la más tranquila de las noches.

Vivimos en la mentira de no saber; y tragar.
y eso pasamos, casi todos: hambre.
Vivimos al borde de la destrucción, con sonrisas;
destruir el mundo alrededor,
las selvas, los montes, animales como nosotros.
Comemos de dios y a los dioses nos damos,
los inventamos, los elevamos, los tallamos…
Hoy los corregimos, los acoplamos a la voracidad
insaciable que camina en la hipoxia y el desierto.

Alabamos al que grita y mata.
Cantamos a quien nos maltrata,
a quien roba impune ríos y mares;
comeremos petróleo, cuando se acabe el dinero,
respiraremos a plazos bajo el cerúleo cielo
de los ignorantes en el destino ennegrecido.
Encumbramos la rabia,
la muerte de la guerra,
el dolor del hambre…
El éxito iracundo de la misma iniquidad
que nos devuelve ateridos cada mañana
a la realidad esclava de voz cobarde y desvaída.

Siervos callados,
súcubos de la raquítica decencia,
complacientes aceptamos:
vivimos mejor, comeremos arenas secas.
Tarde. Muy tarde.
Despertar a la licencia que hoy nos tomamos:
muerto el mundo, muerto el cielo;
muertos en el azul, el verde y el negro,
veneno móvil de guerra y llanto;
y engullimos, humanos,
y seguimos, engañados,
sin confiar ni entendernos,
sin comprender que en el oscuro vacío
que se abre entre abismos y casualidades,
no fuimos nada,
y como nada, oscuridad, negrura de raízes de olvido,
volveremos al oscuro rincón de las volcánicas latitudes,
seremos barro; huesos, guerra, dinero y barro.

 

Imagen por: NASA, Earth Observatory


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