Un perro que ladra bastardo en el horizonte,
un trueno artificial de fuego; se hace el final.
Los pájaros, en lenguas conocidas,
discuten ya sobre el regreso,
y la iglesia al fondo, en su piedra incólume
marca el paso con sus campanas,
rompiendo el último resto de la última tarde.
Los árboles de colores ya apuntan al ocre,
y de sus cascadas de hojas,
entre los olmos, los pinos y el
laurel, que mira asustado,
que no sabe cuando llegará la nieve,
se desprenden las primeras lágrimas de tiempo.

El pueblo comienza a pensar
en las invernales horas de largo sueño,
y así, encogido, enfrentar la noche más larga,
la lógica de no volver a encontrarse,
de en el hielo encerrar calles y montañas.
Se retuerce el corazón,
se pierde la fuerza,
y la luna asoma rota, una vez más,
que hoy no veremos estrellas;
y la vida verde se apaga
abriendo paso a la rutina y el tedio.

Habremos de esperar,
rechinando los dientes
en el mar átono y viscoso
que nos hunde y agota;
habremos de mirar a lo largo,
y a lo ancho, en busca de otra oportunidad.
Muere el verano, pero habrá más,
aunque distintos,
y habrá nuevas historias,
aunque cambiarán sus finales,
y volveremos, pues, a esperar la tarde,
a empaparnos de noche y de día,
aunque no sean los mismos; esperanza.
Volveremos, aun cojos y ciegos, volveremos,
y como hicimos siempre,
será, para otra vez, descubrirnos;
aunque cojos, aunque ciegos…

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