Cartas para Lima XXIV: Adiós

por M.Bardulia
Cartas para Lima XXIV: Adiós.

Querida Lima:

Adiós. Sé que hace mucho que nos dijimos adiós. Que yo te dije adiós incluso en mis letras disueltas, que nunca más recibiste nada de lo que quise escribirte, pero eso no es suficiente. Adiós. Adiós también en lo escrito. Olvidarte es imposible, pero dejar de evocarte, pensarte, esperarte, no lo es. Por eso, adiós.

No volveré a escribirte ni en la soledad de mis dedos. Ni aunque nadie leyera jamás estas líneas que te he escrito, que ahora te escribo, ya no habrá más. Sé que puede resultar paradójico decirte adiós mientras vuelvo a traerte a mi presente y a las palabras que siempre me han ayudado tanto, pero yo también necesito cerrar conmigo las cosas que nunca llegamos a cerrar. No las cierro. Esa es la verdad. Nunca las cerraré, pero cerrarte en mis letras, dejar de perseguirte como a un pájaro que vuela lejano, ajeno a la vida terrenal, a mi mirada, a mis pensamientos, al asombro de mi mirada y de mi corazón, es cerrar, al menos, la sangría de esta esperanza espuria.

Adiós, querida lima. Siempre has volado libre, lo harás ahora también en el volumen insignificante de mis desvaríos irredentos. Nunca podré prometer que no estarás, que no seguiré escribiendo todas estas palabras mentalmente, guardándolas como sellos sagrados, símbolos que yo solo entendiera, pero cierro con esta declaración a mí mismo las cartas que un día soñé que leerías. No volverás. No como antes. No como, quizá, quisimos, los dos. Ya no habrá más oportunidades, porque la vida no es justa, ni interminable, ni lineal, ni siquiera inmortal. Alimentar estas palabras es solo alimentar un futuro que no existió jamás, y tú no te mereces esto, ni yo, ni nadie. Yo mereceré solo lo que mi memoria dicte en esparcir a lo largo de mi vida, cada vez que alcé mis ojos al cielo nocturno y me traslade como un gato sobre los tejados; lo que mis recuerdos puedan hacer de las noches más frías, la hierba húmeda y las hadas cantando a nuestro alrededor, mientras todo salvo nuestras bocas se hacía borroso; lo que mi corazón se atreva a sufrir sabiendo que un día fui el más cobarde de los hombres. No responsable, no decente, sino cobarde. El más cobarde incapaz de perseguir el amor, de reconocerlo y atarse a él, aunque este fuera a llevarle a lo más profundo del más ardiente de los desiertos. Maldita la responsabilidad y la decencia, que ninguna nos hará inmortales, que ninguna nos devolverá el pasado. Y, sin embargo, solo me debo a seguir, porque los hijos, aunque no alimenten esas parcelas del amor que solo pueden expresarse en las más frías de las sombras iluminadas del corazón, lo son todo, por un tiempo, al menos, hasta que vuelvan, como tú, a volar libres, a ser aves, a extender sus alas y perderse en la inmensidad del cielo. Y la soledad, de nuevo…

Adiós, querida Lima, para siempre, porque, aunque quizá nos encontremos, nunca volveremos a ser como fuimos, nunca volveremos a ser como, quizá, por unos minutos lentos, melódicos, nocturnos, los dos quisimos ser. Perdóname, toda la culpa es mía, de este corazón cobarde, y sé que, de aquí al tiempo que esta vida me dé, no dejaré nunca de culparme, de arrepentirme, de sentirme absolutamente incapaz de haber tomado el camino de lo valiente, de haber sabido ser, en la última de las decisiones, persona.

No te olvidaré nunca, pero ya no te escribiré. No dejaré de recordarte, de sonreír ante tus miradas, de llorar al no saber ya nada más de tus caricias, pero nunca más volveré a escribirte, así, como la esperanza y el amor, este amor inmenso que no se me apaga, que no perderé ni aunque un día mis ojos dejen de ser, me han dictado siempre.

De tu Eric, que jamás te olvida, que te quiere con la locura de la libertad del viento, del vuelo de tus alas de libres, de la gloriosa luz del sol que eres, de la música que despides.

Eric

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