Lubo was right…

Hemos perdido el norte,
pero no anda lejos el muy ladino.
Hemos relegado el conocimiento y la razón
a rincones oscuros en cuartos vacíos llenos de polvo,
y hemos dejado hincharse
las venas roñosas de la injusticia.
Ahora nos atora el miedo,
esa fría sensación que recorre nuestra columna social
al ver como los menos, los cobardes, los ignorantes,
los que se aúpan entre la sinrazón y el pánico,
alcanzan del poder las cumbres ponzoñosas;
nuestra historia supura como sangre negra entre las grietas del tiempo.
Culpamos a la gente, por ignorante, por inculta y pobre.
Culpamos al sistema, anticuado, público, generalista y único.
Culpamos siempre al otro, al de más lejos,
al mecanismo, a la herramienta,
pero no miramos el fondo, la rampante verdad
que se dibuja en el color del fondo simplón que engullimos tranquilos.
No hay más culpable en el triunfo del miedo
que nosotros, los asustados,
viviendo en agujeros sombríos,
cubiertos de consumo,
abotargados en nuestra impensable suficiencia.
Mientras, idiotizamos el mundo,
hacemos del pobre más pobre,
y la ignorancia se eleva, intransigente;
si la democracia es la culpable,
ganaron quiénes vinieron a aprovecharse de ella,
quiénes vinieron a devorarla.
Mientras, en los tramos oscuros y sibilinos
que trasiegan en la superficie sombría de nuestras debilidades,
los menos conspiran, los menos se alzan,
gritan, se venden, se elevan por encima de todo y de todos;
nos dejamos hacer, durante años,
y en cada paso, perdimos,
y en cada palabra que no compensamos, morimos,
y en cada gota del hambre del que está a nuestro lado,
dejamos de ser humanos;
ni aún hoy somos capaces de ver el bosque,
ni siquiera ante el último de los grandes terrores por venir
somos capaces de sentarnos con la gente,
en el carnal estado de lo que representamos,
darnos cuenta de que la unidad es la vieja norma oculta,
no somos más listos, ni menos,
podemos ser todos, si caminamos unidos.
No está mal que decidamos,
las verdaderas razones del odio
radican en el límite mismo donde se forjan las fronteras de la ignorancia:
un pueblo ignorante es un pueblo sometido,
pero el pueblo que decide,
puede optar por no perder,
puede optar por ser libre
a pesar de las heridas.

Me niego a acostumbrarme a la ignorancia:
a la que vota, inane,
y a la que quiere dejar de votar, por miedo a los que votan, incongruentes;
no hay más poder que el del conocimiento,
lo demás son las quimeras que no desmembramos a tiempo.
Me niego a dejarme arrancar por el engaño de las clases,
las razas inventadas,
la virulencia de las fronteras
y la soberana estupidez, la malvada intransigencia de países y regiones.
Me niego a tener miedo,
que no estoy solo,
que no lo estamos ninguno,
que al final de todos los mares y los ríos,
de todas las historias,
buscamos todos lo mismo,
y no llegaremos sino juntos,
y no se hará nada si no es entre todos
contra los que tejen las mentiras de la diferencia,
contra los que quieren hacer de la razón un cuento vergonzoso y olvidado.
Me siento hombre, y mujer,
y español, y americano, hasta chino a veces,
me siento navajo, inuit, mosuo y hasta bonobo,
polvo de estrellas que explotaron solas en las regiones tempranas del cosmos.
Me siento todo porque sé que no estoy solo.
Yo creo en la gente, a pesar de los gritos de un planeta moribundo,
y en la realización final de sus pasiones;
creo que habrá días de sol,
que en el límite del cambio que hoy habitamos
habrá de nacer la vida,
la sana noción del sentirnos juntos,
el colosal sentimiento de que un día, a pesar de nosotros,
olvidaremos a esos que quisieron llenarnos de odio,
volvieron contra nosotros nuestros propios miedos.
Será duro, pero será menos,
ánimo, nunca estuvimos solos.

 

Imagen por: walcond

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