Libres, Poesía

Afilada

Te veo cruzar al filo de la playa, funambulista creciente,
caminar sola como si no hubiera mañana
que pudiera detenerte, rutilante sobre las olas,
jinete blanco de la espuma efervescente,
y pasas sin mirar, el pelo enredado entre las rocas,
ni la arena permanece por miedo a rasgar
tu figura de agua y frío, que en el quejido de la noche
se demuestra insegura, extensa entre los valles
ocultos y sombríos que se enervan entre tus piernas.
Se derrite a contraluz en albayalde diurno
el sudor galvanizado que se bebe en tus fronteras,
como yunta de locos te siguen los rayos de sol,
y yo rumio los fotones que, uno a uno,
estampan marcas aureoladas en tu espalda,
aún remota, aún expolio de la pasión irresoluta.
Vuelve el mar a marcharse, y con él tu imagen,
como en la bruma que escupe el alba,
deshaciéndose en la brisa pulverizada
que recoge tus aromas,
que aviva la azarosa geometría de tus blancuras.

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