De línea blanca al borde del fuego,
una piedra que de cristal saliva,
el aroma de sal y la distancia,
y un pie en el estribo; el otro lejano,
mutilado en dactilares susurros.
A contraluz el intercambio breve
de razones por las que no perderse,
como si de las vigilias tuviera,
como si en nocturnidades pudiera
con las pinturas volver a morderme.

 


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