Al verse ocultar el tiempo,
sol que eres ajeno,
luces de blanco zumbar,
es cuando sufro de palabras,
que el sueño no trae si no desechos
en esta aféresis profunda
de pérdida en la noción
absurda de la costumbre;
dejarse apagar, como un silencio,
sojuzgar el corazón al gris percolado
del cemento y del cristal,
desmañado en la corriente
imparable de estricta caída.
Al acabarse el día,
en la sempiterna derrota,
es donde encuentro espacio
para el barroso sabor del extravío,
y repasar en la balanza
lo inútil y lo barato,
el engaño de horadarse
en la excusa del futuro.
Y no encuentro la duda,
la gana que antes rompiera
los grifos apócrifos
de la imaginación
en las fronteras de lo pensable.
Se pierde, como drenándose,
la orgánica capacidad
de exprimirse las tripas
y dejarse perder, sin normas,
en la osmosis a través
de esta exuvia enrojecida;
perder la realidad rasposa,
el tono musical de las letras
encaramadas a los dedos,
el comerse en las emociones
cada porción del mundo,
cada expresión que se convierte,
que hace de la paz un arrebato,
que nos sobrevive,
que transgrede y aviva
la explosión ebúrnea de no entenderse,
y explicarlo todo sin aprender,
así,
en este ruidoso horizonte de rapsodias,
composición de errores y caricias
al que, entre intervalos de polvo,
y de sudor,
y de sangre, de llanto y de risas,
queremos, entendemos, retorcemos
y llamamos,
de sombra y luz,
algo que es vida;
algo que es, de todos,
que es sombra, que es luz,
algo que es vida.


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