Vivo alegre en una caja
justo al lado de la tuya,
todos vivimos felices,
cada cual seco en la suya.

Las hay de muchos colores:
de pulcra y rota blancura,
grises, verdes, y hasta azules;
las más son de color hulla.

Y no me engaño, yo sé
que mi caja es un defecto
y de mi presente, renco,
otra forma de presidio.

Abre todas las mañanas,
no se permite un tropiezo,
por la noche queda en vela,
por si le sobrara tiempo.

Me la dieron al nacer,
blanda, dúctil, maleable,
poquito a poco estrechada,
hoy es sólida, inexorable,

y continúa mermando
al son de lo inexplicable,
en sus dimensiones ralas,
asfixiándome intratable.

Es curioso cómo oscuros
nos corren nuestro destino,
sibilinos se hacen dueños
de la verdad y el camino;

y no hay remedio, está claro,
que a la caja hay que ir subido
si no quieres ser un paria,
un loco, un vil enemigo.

Y así, poco a poco, secos,
vamos el alma entregando
en muestras de soledad,
de nuestra espalda adaptando

espacio y tiempo, posturas
de un oblongo ir olvidando
que la pared es de miedo,
no hay más que salir andando.

Vivo alegre en una caja
de ambición aherrojada,
tiene cimientos de barro
y un olor a pura rabia;

y en paz con la complacencia
de voluntad anulada,
veo envejecerse el cielo
con falsa risa angustiada.


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