No buscábamos la felicidad,
y sin embargo, allí estaba, redonda
rodeándonos callada, profunda
en cada piedra y paso, en cada edad
pequeña que cruzábamos sin más.
Nunca nos hizo falta perseguirla,
allí estaba, entre la hierba sumergida,
desde al agua helada pulverizando
en risas la mañana, rebañando
silenciosa, cada hora de tu vida.

Quizá ese fuera en verdad el secreto:
entregarse infantiles a los ojos,
a los dedos, a la boca y los labios,
desorientarse en todos los trayectos,
empecinarse solo en los momentos.
Quizá resida ahí todo el misterio
de ese esquivo y etéreo sentido,
quizá cuanto más corras y persigas,
más te huya, más se te verá escondida;
quizá solo es cuestión de no pensarlo.

Y si entonces volvemos desmedidos
cientos de locos a soltar las riendas,
campo a través, perdidos a sabiendas;
y si olvidamos todos los caminos,
y si volvemos a ser como niños;
niños fuertes que todo lo podían,
niños niños que todo lo veían
a ojos de luciérnaga, transparentes,
que eran escurridizos como peces
buceando verdes en la alegría.

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