Puede que llegue un día
en que no estemos,
tú o yo,
en que nos falten los amigos,
en que veamos deshacerse
los cimientos de la vida y la memoria
a nuestro alrededor,
atisbos de la última sombra.

Puede que un día tú no estés,
temprana;
puede que yo no cumpla
y tenga que, con el mismo miedo,
no volver a verte…
Puede que llegue el día
en que no tengamos
más remedio
que acudir a la potencia
del recuerdo solo…

Puede que un día faltes,
puedo faltarte yo,
pueden faltarnos los que hacen
de este fluir irrefrenable
la efusión tenaz de sentirse vivos;
puede que no haya un final,
pero que lo haya…

Si existiera ese día,
si no hay más humanidad
que la de encontrarnos, al final,
húmedos mortales,
considera la extensión brutal
de toda la consciencia:
la realidad sin dioses de la infinitud física,
la inexplicable fuerza
que todo lo forma y todo lo conecta.

Si ese día, lejano,
nos encontramos solos,
que se oiga y se sepa,
dejemos explotar el difuso azul
de las palabras que dijimos,
las manos que nos vimos,
el ardor de las pieles que nos supimos;
que nada realmente termina,
que vivos en lo que vivimos,
siempre estaremos,
uno junto a otro;
que siempre seremos,
juntos,
bailando en todas las galaxias;

y si tengo que esperarte,
allí te esperaré:
bajo el árbol blanco,
al fluir del agua
que siempre hizo por encontrarnos.

 

Imagen por: NASA


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