Libres, Poesía

Harpo

Me gustaría decir grandes palabras,
las más grandes,
sobre un perro que,
como casi todos,
ha sido único,
pero no me salen.
Sólo me sale la humana certeza
de saber que los animales no son,
sólo eso, animales,
seres ajenos sin corazón ni cabeza.
Sólo me sale decir que Harpito fue especial,
como sólo un galgo desgarbado,
pillo, rápido en su juventud,
caradura desde siempre,
cariñoso hasta los extremos más insólitos,
y alegre, pesado cuando quería,
genial para quién le conocía,
puede llegar a ser…
¡Perro de mil fiestas!
Se empeñó en estar presente
hasta cuando las perradas caían sobre él,
estoico, sabiéndose el centro,
en el que disfrutaba, tranquilo,
consciente de su orbital capacidad.
No fui ni el que más
ni el que mejor estuvo contigo,
supongo,
pero sólo me sale decir que,
aunque no todos lo entiendan,
te echaré de menos siempre,
me acordaré de ti, siempre,
como me acuerdo todavía
de la que fuera nuestra perra,
fiel, más arisca y difícil,
protectora,
pero igual de entreverada
en los recuerdos de la infancia feliz.

Me gustaría que salieran grandes palabras,
poder honrarle como se merecería,
hacerle inmortal, como a Platero,
o casi, pero no soy de Moguer.
No puedo,
sólo me sale la pena de no verle más,
de que no corra más,
de que no seamos, todos,
tan eternos como esta maldita memoria
que sólo nos deja espacio
para brutales nostalgias.
Me gustaría ser poeta para no quedarme
solo con estas lágrimas,
y que en las palabras fluyeran
los tiempos pasados a su lado,
su voz sin voz,
sus sonrisas, sus enfados,
sus caricias, sigilosas,
más sinceras que las de la mayoría.
Me gustaría tanto no volver a recordarle
como ganas tengo de no olvidarle nunca.
Ojalá tuviera los grandes versos nocturnos,
pero no los tengo,
sólo la soledad imposible de la pérdida,
la infinita revelación de esta aciaga mortalidad.

Me gustaría, pero no puedo;
despedirse es como enterrarlo todo,
por eso no me despido,
porque todo vive mientras vivamos,
aunque duela,
aunque la memoria no cicatrice jamás;
esa es su –nuestra– mayor virtud,
su –nuestra– mayor desgracia.
No me despido,
sólo te echaremos de menos,
aunque seas un perro,
porque fuiste un perro,
nuestro perro, el de todos,
y nada más.

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