Eso, tú quéjate, que siga el aire tiñiéndose
del negro que disfrutas, que tan bien justificas.

Eso es, el cielo marrón, las tiendas siempre abiertas,
tu coche rodando libre, la caza, el silencio.

Comamos lluvia de barro ennegrecido y ácido,
que se pudra la sangre negra en nuestros pulmones.

Eso es, el hombre es Dios, por sobre todas las cosas,
y esclavicemos el mundo, arruinemos jocosos.

La ideología por delante, lo importante
es el decoro, conservar rancias formas viejas.

Tus gasolinas, tus grises maneras arcaicas,
hasta el fin del mundo, es tu derecho, si hace falta.

Eso es, la economía por delante, de muertos,
que es más importante seguir rodando, aunque ciegos.

El “aire libre”, así, respetas lo que te toca,
nada más, el resto son quimeras comunistas.

Quieres que el mundo siga, pero a tu ritmo inicuo,
cortito, tranquilo, quemándose poco a poco.

Eso es, sesudo ignorante, trabado ideólogo
de la razón monetaria, se te da un ardite

lo que a ese, tu mundo, le pase, le reviente,
se le cuelgen del techo las miserias de siglos.

Anciano heredado, triste de generaciones
te rebosa el mismo, el horrible tamiz del miedo.

Y te quejas, y repites que no son maneras,
que tienes cosas más importantes, más vitales.

¿Cuáles? Cuáles más que la única y sensible Tierra,
qué hay que te parezca más urgente y acuciante.

Deja de quejarte, amigo, deja de lamerte
los diques del miedo roto, la rabia infecciosa,

baja a bañarte en la hierba, no como hombre, sino
como hierba, como rana, como saltamontes,

como mosca y mosquito, como el grillo encendido
que insistente que canta, aunque muera en el intento,

como el día que te llama y dice: no eres más;
no eres más que nadie, nunca serás más que nada:

tierra y agua, polvo y sangre, tronco, hoja y flor,
y a la sombra volverás, como todo, a pudrirte.

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