Las calles no son calles, son caminos,
y los caminos no son caminos,
son los sentimientos recobrados;
los sentimientos son el relámpago,
latido de una memoria emancipada.

Todas las calles son…
Un beso, lejano, puede.
Una risa que encharca las aceras.
Los pasos de ayer, y de hoy,
las miradas nocturnas,
la noche, puede que también nocturna.
Y las más oscuras,
las calles,
son también las manos y las bocas
desesperadas por encontrarse
al desmembrarse de la moral y el vestido.

Las calles no son de asfalto, ni de arena,
las calles son de un barro seco,
maleable como el hierro candente,
con el que trabajamos
las marcas que, en las paredes,
en los suelos,
en el techo abovedado de las arcadas viejas,
van dejando nuestras pieles.

Hay algo nuestro en cada calle,
hasta de la nieve,
sobre todo en las que hemos parado,
en los bancos a la sombra de la luz,
en la esquinas,
en los recovecos sagrados
donde, irisados de frío, convergemos.

Hay algo en las calles,
que son caminos,
que son sentimientos,
que son morada del recuerdo;
hay algo que pulsa, al fondo,
como un faro,
entornando las aceras,
envolviendo cada palabra
en un efluir perpetuo,
de caótica cadencia,
dejando llevarse el tiempo
la raíz de todos los movimientos.

Todas las calles son…
Como tus manos,
que también son,
a veces…
En la calle…
A veces son, todavía…

 

Imagen por: pascalcampion


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