Perdona, quizá hoy no te haya mirado,
culebreante ofidia laminada,
como debiera, como suelo ser,
en el tenso descontrol cigomático,
diluyéndose el ambiente en el foco
largo de quien mira como si fuera
a penetrar el empedrado azul
que protege los terribles confines
sombríos de nerviosas brillanteces.
Perdóname, porque olvidé leer
qué te subía reptando la piel
como de lánguida holoturia oscura,
qué te rondaba esquivo de ojo a ojo,
qué querías decir cuando subías,
qué podías hacer cuando tu pecho
bajaba y ese pequeño temblor
ártico, instintivo, superviviente
de los verbos que todos ocultamos
recorría el suelo bajo tus pies
haciendo que corriera el aire eléctrico,
la noche helada, el agua embalmasada,
como de muertos, como de final.

Perdona porque se me olvidó ver
que quizá serena andabas mirando,
también, infiltrándote sibilina
entre los pliegues grises que dejaron
los restos de miradas que no di;
perdona pero pasé sin mirar
y me perdí; perdí piel y cobalto,
perdí mirarte como pretendía
y que volvieran a dárseme juntos
seguidos, todos los primeros besos.

 

Imagen por: Zeenon


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