Así, que parece que te escabulles,
pero ni yo acabo de esconderme,
ni tú te alejas como le cuentas
a las noches que aún no duermes.
Y murmuras, que te veo temblar,
y yo retuerzo como un poseso
esas lágrimas que no derramamos juntos;
me gustaría saber qué nos vio
para hacernos tan pequeño,
quizá el terrible amanecer,
o ese agua caliente,
que solo alcanzaba a tocarnos la cabeza…

No disimules, que yo haré
de la firmeza la muralla,
si ni mirarte ni contraerme
en cada articulación rosa
de tus labios solos de no encontrarnos;
deja de titilar que ya eres estrella,
y lo sabes,
si nos recorrimos superficiales,
ah,
pero corrimos como de profundidades,
en la linde desmarrida
que hoy, vítrea,
se acumula en tus ojos,
en los míos,
en las yemas de los dedos
que perdieron el tacto en comprimidas tormentas;
las tuyas, por líricas;
las mías, por tristes y cobardes;
el viento y la fortaleza,
solos,
como habremos de quedarnos.

Solos, mirándonos,
y del verde ocaso volver a esperarnos,
húmedos paseantes
lejos los caminos paralelos,
condenados a mirarse.


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