Si yo
no quiero ni montaña
ni mar,
a mí se me da un adarme
dónde me encuentre.
Puede ser que hasta me importae poco,
nada,
el cuándo
o el para qué haya llegado,
vendados los ojos,
a aquel lugar ajeno
del que no he recibido promesas.

Yo no quiero razones,
ni planes escritos,
ni lujos de piel y de boca.
No necesito montar la luna
en tierras de barro y hielo,
ni un sol estigio idecente y rojo,
por no necesitar,
me daría igual hasta la música,
el viento
y los efluvios honestos
de todas las bebidas.

A mí no me vale
nada más que el quién,
cercano,
al tacto posible
entre las mil millones
de potenciales situaciones
que pudiéramos vivir;
a mí solo me importa estar
con los de siempre,
y los futuros que lo harán
para quedarse;
los pasados,
los que ya no están,
pero nos susurran con sus voces,
entre los pinos,
y las piedras,
y la arena casi rosa,
el agua, el agua, el agua
dn todas sus formas,
del hielo a las nubes,
la nieve,
el mar
y los picos de abrasadores reflejos.

A mí solo me importa estar
con quien la risa no es un deber
y el tiempo, tiempo,
se comba en líneas infinitas
que lo extiende todo,
hasta el recuerdo,
al jugoso vibrar del infinito.

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