Por fin,
días de churrería,
días de no esperar a la mañana,
de escupirle al sueño,
días de quedarse quieto
a ver si llegan los días,
los otros,
los lentos, los suaves,
los luminosos, odiosos,
a llevarnos a casa,
a no querer, a no dormir,
a no querer dormirse
no, aunque micáceos
vengan los sueños.

Por fin
que Teo tiemble
mientras la masa
vuela sobre la mezcla ibérica,
hirviente en la maestría
vieja, antigua de manejar
espantos ebrios
que llegan de los bajíos
con la cara cortada,
la voz ronca
de cantarle a la luna,
esquiva ronda de azules platas.

Por fin,
recuperarse en la pérdida
indecisa, en el colapso
acuoso de los minutos extensos,
valiosos como semanas,
cogidos como meses,
enfundados en años de repasos,
de atajos y revuelcos
que abrigan las tierras húmedas.

Por fin,
que se hace de Teo la
mañana,
dónde se citan las ánimas,
dónde solo se encuentran,
reales y sólidos,
todos los verdaderos,
inflamados locos.

Por fin la mañana.
dónde estás,
dime,
dónde estás mejor aquí,
colgado,
incomprendido,
libre sin remedio…

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