Esconderse contra el tiempo
a nadie sirve de nada,
porque todo llega y a
todos, a todo, los ojos
el viento enrojece y quema
bajo cerrados los párpados,
esos rabeantes filos
al borde del llanto y la
miseria de recordarlo
todo, azul, hasta los dientes,
la sombra febril de un cuerpo
arrumbado en la negrura
ardiente de los sentidos,
de dedos como vibrisas
verdes que todo engulleran.

Arder sin hablar, morder
el aire en el contraluz,
revolverse dentro del
cuerpo descorrido, mulo
bayo en la nocturnidad
escindida, remendada
sobre viejas cicatrices,
correr por correr del tiempo,
hacia delante, sin ver,
sin mirar, sin tropezar,
plano como el día, plano
de no saber escoger
entre el fuego y la tormenta,
entre la tierra y el pecho
rosa de los gritos claros,
verde de la sangre fresca,
luz de voz en los pantanos
y los rincones perdidos
bajo los que dormirán
todavía, recogidos,
las infantiles miradas
y el tacto secreto y libre
de la caótica falta,
divina falta de todo.

 

Imagen por: Iuciaconstantin

 

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