Libres, Poesía

El agua

El agua huele siempre distinto:

En otoño es un tromba
de arena y de hojas,
huele a calles mojadas
y al frío que va oscureciendo
tardes y ventanas.

El agua cambia de forma.

En invierno es de cristal,
y huele transparente,
a la corteza de los árboles blindados
contra sus mil formas de caer;
huele al cambiante ritmo
del cielo negro,
cada vez más blanco.

El agua grita cuando dejamos de escuchar.

En primavera apunta la semilla,
deslumbra con el aroma
de las primeras rabias inquietas,
a las sonrisas de color que ya asoman
al encontrarse, libres,
con la hierba jadeante y húmeda.

En verano…

En verano todo el agua huele a agua
y todo el verano huele a agua,
toda la vida huele a agua
y el agua huele a agua como sangre:
agua del río helada de hielos pasados,
agua de mar revuelta y libre
espumando en aristas de sol;
agua del cloro, de los mil saltos,
de los mil gritos correspondidos
más una mirada azul,
o verde,
o roja de tarde, negra de noche;
agua de una tormenta rara y tranquila,
asolando los resecos prados,
devolviendo la vida, por un instante,
empapando rica a los valientes;
agua de riego nocturno,
de césped llovido,
del rocío tricolor en cada brizna de hierba,
en cada hoja de los ciruelos,
ordenados y pacientes.
Agua de verano,
el agua preciosa
que nos cobija y llama.

El agua siempre huele distinto,
no espera a que pasemos,
ya se arranca ella,
ya viene ella sola,
tranquila hasta en las rocas,
a movernos, a sabernos, a llevársenos,
sola.

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