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Dolores

A Dolores O’Riordan,
por ser escape, por ser refugio.

Qué pena, Dolores, qué pena,
como esas fibras de color cristal
que destellan justo al apagarse,
cuando termina de volver la luz.
Así nos quedamos, Dolores,
con noches de rabia menos en la cuenta,
con una serpiente helada
sibilante entre los dedos,
que la esperan fríos como piedras,
pesados, lentos, agrietados de hielo,
detenidos en una voz de tiempo estanco,
en el cúmulo de letras danzantes
que siguen devolviendo a su sitio
las viejas miradas,
el tono suave y sucio de las manos,
el polvo aéreo de los cantos
que alzamos como himnos
al cielo de todos los recuerdos
que aún nos quedan por hacer.

Qué pena, Dolores, de verdad,
qué pena; como de un relámpago,
como esas variaciones
en tesituras titilantes,
como velas,
trifulcas terribles contra todo lo esperado.

Qué pena, qué rabia,
qué soles negros
nos anuncian las partidas y regresos,
los de tu voz que se nos hizo
espasmo irremediable,
auxilio y sombra iracunda de todo lo infantil
que entonces rodaba, caliente y resuelto,
como entre cuando niños;
sobre todo como niños;
siempre como niños.

Qué pena no volverte a oír;
tener que hacerlo en espacios difusos,
donde se nos cruzaron extrañas dimensiones.


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