—¿Te has fijado alguna vez en cómo respira la gente? —dijo, de súbito, con esa voz suave, casi lenta, que le salía como un hilo de agua después de más de una semana en el hospital.
—¿En cómo respira la gente?
—Sí.
—Eh, no… Creo que no me he fijado nunca. Vamos, al menos no voluntariamente, si acaso alguna vez cuando Marta está dormida…
—No es nada fácil, pero hace años que me empeño en buscarle el ritmo de la respiración a la gente, se ha convertido en una costumbre, un hobby, más bien. Me distrae y me ayuda a concentrarme; es como una forma de meditación para mí. La forma de respirar es muy cambiante, aunque todos nos parecemos, casi todos tenemos nuestro signo personal; el ritmo, el movimiento, la zona del cuerpo en la que respiras… Hay siempre pequeños cambios propios de cada uno. Yo creo que nadie respira igual, pero para poder distinguir esas diferencias tienen que estar muy quietos, lo más posible, y cerca de ti, porque no es tanto verlo, la verdad, como oírlo o sentirlo, a veces —hablaba por hablar, cuando se ponía, era como un chorro de palabras, no siempre del todo conexas; no parecía importarle que le escucharan. Hizo una pausa para coger aire y continuó—; es tan inconsciente, tanto para el que respira como para el que mira, que nos pasa totalmente desapercibido; hay que mirar mucho, concentrarse bien para cogerle el ritmo a alguien que no eres tú. La forma de la situación en la que uno se encuentra. Está claro.

Estaba convencido de que este sería su último paso por el hospital. Si no moría en esa misma cama, lo haría poco después, en su casa; podía sentir un sabor raro en el aire, y una paz casi sobrenatural, una aceptación inaudita. Quizá le sobreviniera de improviso, mientras dormía, algo que le aterraba. Aunque, lo más probable, razonaba consigo mismo, es que todo ocurriera poco a poco y lo viera venir, que tuviera algo de tiempo para sufrir y para… Ya estaba ocurriendo así. Estaba muriéndose poco a poco y, cada día allí, veía un poco más cerca ese final. Un final raro, porque a veces lo deseaba, deseaba que llegara sin más, para no tener que seguir pensando en que se retrasaría y tendría que exponerse al desfile de gente muerta por la pena y el miedo al verle así, en esas condiciones, a punto de morirse, ya, para siempre. Otras veces no quería que llegara nunca, aunque tuviera que estar en aquella cama toda su vida… Su vida… Eso también le sonaba extraño ahora. Su vida a la que quedaban, casi con toda seguridad, unas pocas semanas…

Más que obsesionarse con su muerte —eso ya lo había superado; más o menos—, se empeñaba en imaginar esos instantes previos, los segundos previos a perderse por completo. En concreto, su último aliento, la última de sus respiraciones, copaba la cumbre de sus pensamientos más oscuros. Como esa otra última respiración, la de su abuelo en esa gran cama de madera, rodeado de su familia, esperando agonizante a que llegara su padre, su hijo mayor, a tomarle la mano y despedirse de él. Su última frase: “Ya está, hijo, ya está, llevadme a casa, ya está…”, y un susurro final que lo zanjaba todo. Punto final. Ya está. Noventa y tres años y todo lo que fue se escapó en un estertor final que se elevó disipándose por la última habitación, en su última cama, fría siempre, porque la muerte siempre es fría, colándose en el batir del viento que soplaba fuera, inclemente, bajo un sol otoñal muy parecido al que se colaba indolente en ese momento por su ventana; que alguien pudiera morir de día le pareció entonces algo atroz, fuera de lugar, porque la muerte se le había hecho siempre de la noche; hasta ese día, siempre imaginó la muerte como algo exclusivamente nocturno. No había visto a nadie más morir, pero le bastó aquella experiencia para desmontar sus creencias sobre la muerte; no fue más algo privado ni nocturno, no fue nunca más algo ajeno, suscrito a su mundo infantil cristiano en el que todavía planeaban voces de resurreción. La muerte era para siempre, y esa última respiración truncada, a medio vivir, marcó como una función fundamental los procesos vitales de los que le rodeaban, sobre todo los inconscientes, esos procesos reptilianos que conducen al cuerpo como una máquina casi perfecta, como impulsada por algo divino. Vivió asustado durante meses, pendiente de no perder el hilo de su propia respiración. Por eso cogió la manía de observar la mecánica de su respiración y, por extensión, la de los demás, para que no se acabase, para que no llegase ese final abrupto y sin aviso y dejase escapar todo, como una palmera en surtidor.

Había tenido visitas esos días, pero ya no eran los mismos, ni tantos, la decadencia que transmitía su cuerpo era demasiado para la mayoría; el final era notorio, aunque él se veía en ocasiones mejor nunca, bromeando con su delgadez juvenil y su pelo muy corto, enmarcando esos rasgos bien definidos que no se había visto desde que tuviera quince años, prácticamente.

—Si no estoy tan mal, ¿no? —y no mentía, lo decía de verdad— Si no tengo tan mala pinta, no había estado tan delgado en años.

Antes, su hermana le hubiera reído la gracia, pero andaba ya con pocas fuerzas y apenas era capaz de esbozar una sonrisa. Rodrigo miraba desde la silla, justo al lado de su cama, y apoyaba el esfuerzo de su hermana con algún comentario jocoso, pretendiendo reírle el buen humor negro que ella no podía. Si su padre hubiera tenido que verle allí, casi terminal —el “casi” se lo ponía él, para no morirse antes de tiempo—, hubieran tenido que enterrarle a él primero. Eso decía su madre, entre la risa y el temblor natural de su boca mascándose toda la tristeza contenida, con las fuerzas que nadie más podía sacar. Es una suerte que no esté aquí, ya sabes cómo odiaba los hospitales, cómo odiaba todo lo que tuviera que ver con estar enfermo. Y hacía un gesto levantando la mano delante de su cara, como espantando los malos aires, deshaciendo las evidentes brumas que iban cubriéndolo todo en aquella habitación, cada vez más fría. Y él agarraba su mano por debajo de la sábana, con toda la fuerza que podía, que le parecía ridícula y que apenas si daba para estrechar sus dedos largos y nudosos. Y esa mano, hasta esa mano en sus condiciones, le parecía demasiado grande, áspera, incluso dolorosa a veces, como si no estuviera allí del todo. No la mano, si no él, como si ya dejara parte de las sensaciones aparcadas, preparando su cuerpo para aquella ruptura próxima.

Conocían la muerte de cerca, todos, aunque su hermana y él no vieran morir a su padre. Sabían de la pérdida profunda, del vacío y la terrible indefensión que a uno le rodea cuando surge esa distancia atávica y todo lo sobrenatural parece tan real, tan consciente.

—Tienes que fijarte antes en muchas cosas para encontrarle el ritmo —Rodrigo seguía escuchando, paciente, a su amigo desde su silla, pegada a la cabecera, solos ahora, habiendo salido su madre y su hermana a disfrutar de unos minutos de aire y descanso. Y de llanto, porque su hermana necesitaba llorar, aunque fuera de forma minúscula y soterrada, varias veces al día—. No empieces por lo obvio, ni por la tripa ni por el pecho, así no la vas a encontrar nunca, o vas a tardar el doble, y entonces te aburrirás y será como si no la hubieras encontrado, porque perderás el hilo y la atención. Empieza por la cara, por las huellas que deja ese absorber casi imperceptible en el rostro de todos; la forma de la nariz, los labios, la inclinación de su cabeza cuando están tranquilos o abstraídos en algún pensamiento; dormidos es más evidente, pero menos útil, jugoso, al fin y al cabo, casi todos dormimos igual. Así es como empiezas a cazarlo, porque se parece mucho a la caza, la caza de una alimaña escurridiza que se esconde por todo el cuerpo, reptando hacia los pies entre las venas. Hay que cazar sus signos, el rastro que deja al pasar. La garganta es un punto clave, porque hay movimiento, el primer movimiento, que es breve y pulsátil, pero, en la lógica de esa caza que te decía, destella como un faro. Y cuando ves esta abrirse, entonces el pecho vibra, y al vibrar empiezas a vislumbrarlo. De ahí, no hay más que dejarse llevar hasta el vientre que, con la suficiente atención, te mostrara esa expresión que buscabas. Lo demás es acogerse a la tensión del ritmo. No es tan fácil, no es tan fácil, pero es gratificante, y muy relajante… Una vez lo tienes, el cuerpo relajado, respirando acompasado, él solo, sin nadie más, lo entiendes. Y puedes quedarte allí, minutos enteros sometido a esa respiración ajena. Ahí es cuando surgen todas las diferencias, las tensiones de una calma vital natural de las que te hablaba, reflejo de casi todo.

Rodrigo le miraba entretenido. Las diatribas de este tipo siempre fueran muy suyas, pero en los últimos meses estos monólogos, a veces con poco sentido y demasiado embrollados, otros con una lucidez que sugerían algún tipo de urgencia brillante frente a la enfermedad, eran una constante y parecían provocarle una calma muy necesaria. Entraba en una especie de trance mientras hablaba y, al terminar, exhalaba paz y quedaba sonriente y de un humor que hacía sonreír también a quién estuviera con él. Era como si el poder decir todo lo que tenía dentro le ayudara a sobrellevar aquello. Se desahogaba, pero rara vez había pena o acritud en sus palabras, eran más cuestiones esenciales para él, que sacaba de los fondos de su propia y maquinada filosofía vital, como si quisiera dejar un legado oral, aunque a veces solo él entendiera completamente lo que quería decir.

—¿Ya estoy otra vez?
—No. Termina, por favor, es de lo mejor que te he oído últimamente.

Sonrieron los dos. Pudieron pasar dos minutos largos  en silencio, que se les hicieron muy cortos y les resultaron agradables a ambos, nada incómodos, una especie de lujo en el ambiente opresivo del hospital, que ardía con una especie de apremio por no dejar nuenca un espacio al silencio y al pensamiento, por temor a que estos se fueran por las vertientes más oscuras de la realidad que tenían por delante.

—No. No es para todos los momentos, ya lo sé —hablaba mirando la ventana, la cabeza girada al lado contrario de donde se encontraba su amigo—, porque respiramos como vivimos: ocultos, refugiados en este cascarón que se me hace ahora tan frágil, y sin embargo, tan fuerte…

Dio un golpe seco con el antebrazo en la barra de metal en el lateral de la cama.

—Qué difícil es morirse, joder.

Volvió a golpear la barra, esta vez con más fuerza.

—No hagas eso.
—¿Por qué? No es que importe mucho ahora que me rompa un brazo. Si se me rompe, te lo regalo, que te lo den cuando esté muerto. Lo podrías conservar a modo de recuerdo.

Sus tíos llegaron esa tarde, al poco de despertarse de una siesta minúscula y pesada. Le daba pavor dormirse, pero no se lo decía a nadie. Morir mientras dormía era su principal temor. Quería verse morir, enterarse, no exhalar un último suspiro como si no fuera nada, exhalar todos los que pudiera, y sonreír, si podía. La muerte durmiendo… A veces lo prefería. Era muy difícil morirse. Eso pensaba cuando vio aparecer al único hermano de su padre por la puerta. A su lado, su tía sonreía con la dulzura habitual y una alegría que casi parecía auténtica; es la única que puede hacerlo, pensó. No había ni rastro de pena o compasión en su mirada. No era su estilo. Había aprecio y cariño, pero no la marca de oscuridad que podía ver en todos los demás. Era muy fuerte, siempre lo había sido, casi tan fuerte como la distancia que les separaba ahora, la distancia profundamente negra que la vida guarda con la muerte, sobre todo cuando se la ve llegar, cercana. Sus dos primos pequeños también entraron sonrientes, ajenos a casi todo y se lanzaron sobre él, entregados claramente a las directrices previas de su madre: “el primo está muy malito, así que tenemos que animarle, por eso venimos a verle, tenéis que estar muy sonrientes y darle un beso muy, muy grande los dos nada más entrar”.

—¿Cómo estás? —preguntó su tía con voz firme, una vez mandó fuera a los dos niños pequeños, que salieron con su padre al vestíbulo, seguidos de Rodrigo.
—Bien, pero mal, ya lo sabes, esto es lo último que intentan, si no funciona, y hay pocas posibilidades de que funcione, o no me mata antes, me darán por desahuciado. Supongo que me podré ir a casa.
—¿A morirte? —no era una pregunta seria, lo dijo con mucha sorna, a propósito.
—Eso, tía, a morirme en casa, ya ves tú qué panorama tan guay, que le manden a uno a casa a morirse, por si no hubiera ya suficiente de uno mismo en una casa… Qué desfachatez morirse ahí, en medio del salón… En fin.

Se sonrieron mutuamente y ella le cogió la mano con mucha suavidad. Por un momento, la máscara de entereza se desprendió de su cara y en sus ojos brillaron unas lágrimas que no llegaron a ser.

—¿Así que esas son todas las posibilidades que te han dado?

Su tío habló, apoyado en la puerta, con la voz tomada desde el pecho, cortada por su garganta, atrofiada por la pena. Ella se giró y le miró con ternura, y ese gesto de total entrega por olvidar la tristeza volvió a aparecer, y toda ella tomó de nuevo la fuerza de quien tiene que darlo todo por todos: por ella, por su marido y por el moribundo que yacía en la cama, consumiéndose por horas. En los segundos que duró aquel intercambio de posiciones y sentimientos, pudo ver como los ojos de su tía acumulaban todo el esfuerzo en miles de pequeñas venas que reptaban cubriéndolos de una retícula de un color rojo brillante. Era como si retuvieran todo el miedo, la rabia y la pena que los demás no sabían controlar. Capilares ocultos que se tragaban todo, desde la luz exigua de la ventana, a la negra sombra que les velaba cada segundo. Sin soltar la mano de su sobrino, extendió la otra mano para tomar la de su marido, que se acercó a la cama, arrastrando los pies, taciturno, hasta cogerla.

—Pues eso parece, tío, un 20% o algo así han dicho.

Mintió, porque nadie le había hablado de porcentajes, era esto o nada. Y las posibilidades ni se contemplaban, él sabía que los médicos sabían que no funcionaría, y que sabían que él lo sabía; era un intento desesperado buscando el milagro. Y los milagros no existen, se había repetido desde que llegó esa última vez al hospital. Solo le habían incluido en el test del nuevo tratamiento gracias a Rodrigo, le faltaba bastante para dar el perfil adecuado. Quizá le había quitado el puesto a alguien con más posibilidades, podría ser, pero prefería no pensarlo; los médicos habían dicho que sí, eso era todo. Él iba a morir, qué importaba todo lo demás, ¿no tenía derecho a pensar, por una última vez, en sí mismo?

Miró a su amigo Rodrigo que había vuelto a la habitación y esperaba en silencio, apoyado en la pared, con su bata blanca y mordiéndose nervioso esas uñas de las que apenas quedaban unos pocos pellejos, tras una vida de concienzudo y nervioso mordisqueo.

—Vaya… —alcanzó a murmurar su tío, al borde del llanto. Hizo un amago por añadir algo más, pero no consiguió articular palabra.
—Algo es algo —su mujer retomó la frase como si nada—, hay que tener esperanza. Su tío levantó la mirada hacia la cama y sonrió como pudo, a media distancia de todo: del cariño y del miedo, del dolor y la rabia, buscando despistar un momento a la muerte que le rondaba pegajosa.

Desde la muerte de su padre, hacía ya más de cinco años, había ido uniéndose cada vez más a su tío Javier y, por extensión, a su tía Nuria. Poco a poco, su tío se convirtió en el hermano que nunca tuvo y él, sin darse cuenta, pasó a ocupar el espacio vacío que había dejado su padre. Cuando se enteró de la enfermedad de su sobrino, el golpe fue terrible. Su tío Javier era quien peor llevaba aquello, sin duda, y se encontraba totalmente superado por la situación, ahora que parecía que todo llegaba a su fin.

—Voy a perder a dos hermanos en menos de cinco años…—dijo su tío, al poco de enterarse de las malas noticias, justo el día que empezó con su primera ronda de quimioterapia. No supo qué contestar. Fue lo primero que le salió, llorando con pocas lágrimas, pero llorando sin parar. Y él comenzó a llorar también, porque tampoco encontró las fuerzas, ni morales ni físicas, y estaba totalmente emparedado por la primera certeza real de su muerte. Pasados unos minutos de aquella frase lapidaria y deseperada, intentó hablarle con toda la franqueza y cariño que pudo:

—Tú no tienes que preocuparte por nada, aún hay mucho que hacer y muchas posibilidades de que todo vaya bien. Y aunque no vaya bien, es lo mismo, de verdad, esté donde esté, estaré bien. Y estaré con Papá, seguro. No digo que esté en el cielo, está claro, es más, espero que no, pero estaré en alguna parte, con él, seguro, y con todos los demás. Y mejor que en el cielo. ¿Te acuerdas de lo que dijo Papá? Aquella frase de la doctora Kubler Ross: “Voy a bailar en todas las galaxias” —esa última frase la pronunciaron casi al unísono.

Esta tarde, meses de después de aquel primer golpe, y aunque hubieran agotado todas sus opciones, pudieron charlar limpiamente durante más de dos horas, la televisión de fondo, alejando los ruidos chirriantes que suben del corazón en estas situaciones. Antes de salir, su tío, si no renovado, parecía haber ganado algo de fuerzas y tuvo el ánimo suficiente para hacerle alguna broma sobre su aspecto antes de marcharse. Mientras él salía de la habitación, jugando con los niños colgados de sus brazos, su tía se acercó a darle un último beso:

—Volvemos mañana, ¿vale? A ver si podemos a una hora parecida, le viene bien estar contigo y hablar, distraerse un poco y no estar en casa, rumiándolo todo. Está mejor cuando te ve de cerca, al menos se olvida un rato de todo. La muerte de tu padre ya fue un trago demasiado duro para él…
—No te preocupes, Nuria, a mí también me viene bien, siempre me viene bien veros, ya lo sabes. Y dile que no se preocupe, que estaré bien, esté donde esté, ya lo sabes, ya se lo he dicho. Y que no me hagáis caso, que aún hay esperanza, aunque sea algo todavía más difícil de lo que le he dicho, hay esperanza. Y cuida de él, que sé que lo harás, pero me quedo más tranquilo si te lo digo.

Aquella noche durmió más tranquilo. Convenció a su madre y a su hermana para que se fueran a casa, estando Rodrigo de guardia, tendría suficiente compañía. A la mañana siguiente, justo cuando salían las enfermeras de su primera visita, apareció Rodrigo de nuevo, con la bata sucia y el rostro ojeroso.

—¿No tenías que haberte ido a casa a dormir?
—No, ahora me iré, he tenido una guardia tranquila, no te preocupes.
—Ya, no te has pasado ni una vez.
—Ni te has enterado, que has dormido como un puto tronco toda la noche.

Charlaron un rato de todo lo que no era del hospital, hartos los dos de aquel lugar, cada uno a su manera. Rodrigo se había pasado allí la semana, casi más que su madre y su hermana, y no porque tuviera tanto trabajo, ni porque no tuviera que hacer en casa, con sus hijos y con Marta, que también había pasado por allí lo suyo, lo hacía porque era así; su faceta de médico no hacía sino acrecentar su natural predisposición y sentido de la amistad. Charlaron un buen rato, casi como si no hubiera nada que alterará el orden natural de sus vidas. Porque morirse era algo natural, pero morirse a los treinta y dos tenía poco de natural, le había dicho a Rodrigo en otra ocasión, en un ataque de rabia ante su situación, que consideraba del todo injusta. Injusta por lo temprana, claro, pero también por lo jodida, por tener que estar en esa cama, casi sin pelo, de un color cetrino y pesando veinte kilos menos. Y justo cuando esos pensamientos asomaron a su cabeza, pareció que la elongación tranquila a la que habían sometido el tiempo desaparecía, marcando el final de la anormal naturalidad de su conversación.

—¿Qué te han dicho, entonces?
—Poco bueno, la verdad.
—Normal…

Un médico ve la muerte de otra forma. Es una constante indefectible, al menos para algunos de ellos. Es una muerte distinta al resto, porque tiene que aprender a vivir con ella, algo cercano y permanente, mucho más que para quien no la ve más que esporádicamente o a través de una pantalla, convirtiéndose en algo ficticio, casi una pantomima. Es una muerte más primitiva, más parecida a lo que debía ser la muerte para el hombre hace cien mil o ciento cincuenta mil años, antes de inventarse paraísos para no atragantarse con el vacío. La muerte como lo que es, un paso más, un trago difícil, pero inexorable, y como tal, asumible, de toda vida.

—Las cosas han cambiado muy poco, la verdad. Las tuyas y las del resto. Los análisis no dicen mucho.
—¿Y entonces?
—Nada, a seguir, ya sabes que te quedan, como poco, otras dos semanas.
—Eso si aguanto, ¿no?
—Bah, estás aguantando bien, no te preocupes por eso.

Hubo un silencio tenso entre ellos, desacostumbrado. Me está mintiendo, pensó. Pero no era típico de Rodrigo mentirle, no tenía por qué…

—Esto no va a funcionar, ¿verdad?
—No lo sé, hay que esperar.
—En serio, Rodrigo, no me jodas, haz de médico ahora.
—No creo que funcione, es cierto, es muy difícil, pero nunca se sabe, hasta que no termine, no lo sabremos.
—No me des falsas esperanzas, joder, no es tu estilo.
—Te lo digo en serio. Lo más seguro es que no funcione, ya te lo he dicho, pero hay que esperar. Si no te dijera esto, no actuaría como médico. Es cierto que es un intento a la desesperada, pero es lo que hay que hacer, no nos podemos rendir, ni tú ni nadie, y menos los médicos.
—Rodrigo…

Otro silencio quebró la conversación, fue otro silencio del todo suyo, recuperado en cariño y cercanía, común. No fue, para nada, un silencio incómodo de rabia o penas, fue el silencio tranquilo de quien se entiende y se quiere; y en esa cárcel de necesidad, se reconfortaron y encontraron el punto donde la verdad crece sin necesidad de palabras.

—¿Te acuerdas de lo que hablábamos ayer?
—¿El qué?
—Lo de la respiración.
—Hablabas tú, quieres decir —aún les cabían sonrisas entre sus depauperadas esperanzas—. Pero sí, me acuerdo.
—Pues eso es lo que más miedo me da.
—¿El qué? —y en su respuesta asomó un signo de preocupación sincera, casi profesional.
—Me da miedo la respiración, mi última respiración. No me da miedo la muerte, la muerte la he superado, me da miedo esa última exhalación y la huella que deja. Me da miedo que la veáis, que me veáis, así, respirando hasta morirme. Me da miedo que, después de todo, solo os quede eso de mí.

 

 

Imagen por: saraschool


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