Ayer, una noche o dos,
cuajada y de larguras blancas y azules,
me encontré otra vez
rasgándome el corazón
de nocturnidades implumes,
hurgando el músculo a ver si te veía.
Y es que notaba
—y noté, creo,
desde (casi) siempre—
una rugosidad propólea
que lamía desde entonces
los límites de mi razón porticada.
Rasgué, pues,
y hallé como de roturas
un hoyuelo,
una celda,
un espasmo
en el que había guardado tres cosas:
un viejo pañuelo bicolor
que un vez dejaste a la sombra;
la sonrisa de una luna agigantada,
buscándote, también, perdida;
el color, el color,
que todo es de color,
que todo es de tu color
si llueve,
que todo sabe al mismo color
cuando te columpias
subida a los árboles del grito.
Ayer, rasgando, me rasgué;
y por buscar solo te encontré a ti,
y un montón de cosas de ti,
hasta la sombra que te aguardaba,
encendida,
predispuesta,
con los pies flexionados y a punto,
subida en lo alto de un contraluz feroz:
síncopada, esperando…


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