Del tacto sentido

por Somnoliento

Del sabor borroso de tu deseo
rumian mis sombras sus pérfidas risas,
traviesas, sibilinas, babeantes,
refocilándose en mi humanidad
ante el calor de tus ecos cercanos.
Inflamada, la noche arde en vapores,
aromas de lo que no se pronuncia;
sólo los ojos, sólo entre resuellos,
sólo a través de las pieles doradas
en ese deslizarse hasta el sentido
último del tacto, verdad sin voz.
Entreveradas, la paz y la furia
se revuelven furiosas, liberadas,
desatando tormentas sin concierto,
arremetiendo con dulzura y rabia
las barreras de los días insulsos
entregados a la hambrienta rutina;
y se crece en la rotura de todo
la enorme figura de las pasiones
no más ocultas, no más enterradas,
corriendo libre en las puras miradas,
alzándose dueña en cada recodo
del corazón que, revivido, lleno,
obnubilado en sus plenas pulsiones,
cabalga acelerado, sin descanso,
en la luminosa nocturnidad
de querer buscarse, encontrarse siempre.

Y dejarse llevar por la viscosa
necesidad de asilvestrarse juntos,
necesidad de morder y gritar,
necesidad de vernos como somos,
de cerca, respirando, de muy cerca…
Necesidad de amarnos como si
más allá sólo aguardara el final
de todo; el final de quererse sin
maneras, sin más remedio que hacerlo.

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