De lo que no es llorar.
Del bramar,
del escribir hasta el dédalo,
y sumirse en la inestabilidad
del relato que surge,
que no halla camino,
que va solo
entre las formas
cerradas de la historia,
oculta,
enrabietada.
De lo que no es saber,
si no el susurro…
De las palabras que crecen,
iluminadas,
de entre la selva y el barro.
De lo personal,
de saber entreverarse,
perderse hasta la sombra.

Sentirse dentro,
pero nunca adivinar,
nunca llegar a considerar
la unidad amorfa de la rutina lineal.
De saber narrar —punto.

 

Imagen por: La Navaja Suiza Editores

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