No sé sonreír.
Sin más, me sale raro
siempre que me pretendo saberlo.
Me sale como que no quiere,
como una curva que no crece;
un lado que no sabe reaccionar,
otro que se debate, temblando,
entre la vida y la muerte gravitatoria
de seguir en su descendente natural;
un desastre de forzosa catástrofe forzada.

Es una forma extraña
el saber de la sonrisa por defecto,
una maestría de la presencia perfecta.
Yo soy más de la carcajada a deshora,
la risa fácil sin sentido del estruendo;
soy más de no forzar las cosas
y dejarlas salir, así,
como un una tromba de agua helada
chascando blanca contra los riscos,
rompiéndose en las ventanas,
que te miren mal desde la oscuridad de las corbatas,
que te señalen con la amargura civilizada habitual,
tener que silenciar los segundos y terceros arrebatos,
sin éxito ninguno,
y volver a explotar hasta que se agote el aire
y que las lágrimas rueden revolviéndose,
riéndose también, chocando unas con otras,
y seguir y seguir, provocándola más,
buscando como ansiosos continuar el impulso
de la primera rotura histriónica.

Que no sé sonreír,
soy una especie de camino a medias,
de cara de tonto
—puede que de nacimiento—,
de euforia interrumpida;
soy un inútil de la sonrisa, supongo,
un cruzado triste de las fotos, me temo,
y así seguiré, haciendo el canelo,
dejándome perpetuar con gesto de estreñida desgana.

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