A ti, que vienes precario del mar,
desnadando los antiguos caminos
de la muerte y de la vida en la sal.

Tú que huyes descalzo de nuestras guerras,
del hambre irracional que te entregamos,
de la rabia de todas las pobrezas.

Tú que mueres por no morirte de hambre,
tú que solo pides humanidad
por no encharcar tus pulmones de sangre.

A ti, que te ahogaste con tus hijos
en la voz podrida de la ignorancia,
de los cobardes que viven malditos.

A ti, que solo pretendes vivir,
vivir con poco, vivir como todos,
vivir sin miedo, sin miedo a vivir.

Tú que sufres el desprecio y la rabia,
la atroz malicia de viejo racismo,
la economía de la herida abierta.

Tú que miras angustiado un futuro
desde tu cárcava de aguas prohibidas,
que gritas seco frente a nuestros muros.

A ti, que mereces toda la tierra,
que tienes hasta el último derecho
de habitar cada onza de tu planeta,

de vivir tranquilo en este planeta,
de llegar dónde tú quieras llegar,
sin temer aguas, mares ni tormentas.

Tú que sigues a pesar del rechazo
y la ignominia de la perdición
de quienes se llaman civilizados,

porque hablabas, mirabas agotado;
porque te ahogaste sin decir nada;
porque vivimos sordos, aterrados.

A ti, que te debemos dignidad,
toda la tierra, el trabajo y tu vida;
a ti, que no osaste desesperar,

que sabes que no caminarás solo,
a ti te esperamos, los más, los buenos,
los que callamos pero no olvidamos,

los que vivimos antes de lo humano
que de la ambición y el terror del miedo;
a ti, que sufres hoy, no cejaremos,

No dejes, no cedas al desaliento,
sigue, sigue, lucha y lucha, persiste,
golpea en sus fronteras de sucio hielo.

Tú que eres humano, más que nosotros,
aun sufriendo, prosigue tu camino:
abriremos las puertas, morderemos sus manos.

Y el tiempo vendrá implacable a juzgarnos
a llevarse a los ultras mar adentro;
vendrá el futuro y seremos hermanos.


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