Tormentas

por Somnoliento

Retumba en las cortinas brillantes de tus ojos
un temblor de ritmo lento y muy claro sabor;
y en las piezas de ese mundo perdido de besos,
fantasmas de piel lamen los rastros del sudor.

Se escucha en la mica cantar sin voz a tus muslos,
¿¡de dónde vendrán solos, tronando desde el sol!?
¿Dónde cayó alígero el camino de mis manos?
¿Dónde el cuidado rozar hinchados de pasión?
Habrán pasado brunos, escurridos de noches…

Ni el blanco noctívago alveolado de azules,
ni la pajiza luz de las mañanas tardías,
ni el rojo creciente de largas húmedas tardes,
ni la grieta amarga que en los sueños dividías.

Nada. Ni el fondo del negro más cuajado y seco,
ni siquiera las formas amorfas que se crecen
con las penas y las lluvias, con el frío yerto;
ni con esas tus flores que al olvido se esparcen,
es más, ríen cuando crueles las baten los vientos,
desafiantes, expuestas al venir de las olas
restallan su lengua contra el mar de la memoria:
¡se niegan! ¡Se revuelven! ¡Se recubren de espumas!

Nada, ni el occiso trasegar del tiempo fijo,
ni la vida que en turbulencias rompe y agita,
ni tus ojos aunque posaran de rabia y de ira,
nada me hará perder el pozo de tus sonidos,
nada la marca de tus preciosos labios vivos.

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