Todas las cosas que no necesito:
la peste,
el dinero,
el trabajo diario,
la nada,
el hielo,
las matas ardientes,
el color de las tormentas…
Todo lo que no necesito
viene de corrido a buscarme,
siempre que no lo necesito,
en fila, pero en desorden
al tocar el hueso.
Todas las cosas que no me hacen falta:
la tecnología,
los corruptos “gadgets”
que al minuto mueren de obsoletos,
las formas de los muertos,
el miedo,
la sangre de los ríos,
los ríos de sangre,
la tierra moribunda,
el hambre,
el hambre,
el hambre…
Todo lo que este mundo desprecia,
todo lo que no debería,
existe cuando no lo quiero,
y en su cruel bramido
arrasa con todo lo que es cierto,
lo tangible que de presente,
de vivo,
se hace pura vida:
el amor,
los besos,
las caricias de cualquiera,
la sangre sola,
el agua helada,
la hierba,
los árboles,
las piedras,
los pasos descalzo,
el sexo, el tuyo y el mío;
todo lo que es bueno
se debate en el potro
bajo el huracán de la codicia humana
y las mentiras del vivir solos.
Todo, todo, todo,
todo se nos esconde,
con ahínco,
para que crezcamos solos.

Yo me niego,
no necesito más que las olas
y la sal de aire,
la profundidad que encuentro
en todas las miradas,
hasta en las que se esconden detrás del miedo.

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