Es de esas jugadas del día
en las que temo todo:
lo huidizo de mi sombra,
el aplomo del tiempo titánico,
los últimos besos,
las últimas veces,
perderse, perder a alguien,
perdernos,
no volver en esta vida
a darse una caricia,
una palabra de amor,
perder el asidero de la familia,
los pasos que siempre anduvieron
apoyados en la base de la vida
inmortal, hoy corta como la tarde,
como esos cielos ardiendo,
cardenalicios que se me vienen
como tormenta gala
sobre la cabeza y sobre el pecho.

Tengo miedo a la lógica de esta vida,
a la pérdida, a la pérdida,
a la más perdida de las ausencias,
de miedo al miedo y al dolor
desde dentro, esa desazón opresiva
que no deja pensar,
que no deja beber, ni comer,
de la que apenas si escapan
unos cuantos sentimientos
por la espita de la emoción
desbocada.

Temo a que un día las alegrías cambien
y no sean más que voces, imágenes,
lágrimas de la memoria,
un vuelo de agua al sol,
una senda lechosa cargada
de amor,
cruzando de lado a lado,
en la oscuridad de sus silencios.

No quiero un día temer que temo
y siento a medias, me encierro
y derribo,
no quiero perder, quiero seguir,
así, todos, para siempre,
y querernos, tanto,
y saber que estaremos,
hasta que cuando esta vida se apague,
nunca temprana,
y el velo caiga,
la colina blanca,
y bailemos de una vez
en todas las galaxias.

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