Seamos idiotas

por M.Bardulia
Bardulias: Seamos Idiotas

Llevo un tiempo preguntándome, preguntándome en serio, parándome a reflexionar delante de arbustos, flores y esas mesnadas que me asisten en los parques colgadas de pesas ganchudas, sobre lonetas de gomaespuma, haciendo que dicen que van a hacer deporte cuando lo cuelguen en sus redes sociales, ¿nos estamos volviendo de verdad más idiotas? ¿Soy yo idiota? ¿Soy parte, resultado o producto idiota?

¿Qué significa volverse idiotas? ¿O más idiotas? Principio antes de someternos: ¿qué es un idiota? El idiota clásico es que el no sabe, pero sigue hablando. El que sabe que no sabe. El que sabe que tú sabes que él que no sabe. El que sabe que tú sabes que los demás también saben que él no sabe de algo y, sin embargo, sigue hablando y dando su opinión sobre ese u otros temas, pensando, además, que a ti te puede interesar su opinión después de lo que sabes. Pero idiota no es solo el que habla por hablar aunque se ponga en ridículo cuando lo hace, sin él saberlo, claro, porque ni siquiera eso sabe; aunque tú sí, y los demás, los que te miran y se miran desproporcionados en la pérdida de la dimensión espacial en la que conviven con semejantes especímenes remotos, creemos cada día, cuando nos acostamos, que pendientes del olvido. Idiota es también el que hace cosas idiotas, el que se comporta como tal, aun a sabiendas de que hace cosas de idiota, casi siempre con otros idiotas, encantado de formar parte de algo que, aunque idiota, lo acepta como es; es decir: idiota, un club de idiotas. La masonería de los idiotas. El oráculo de los idiotas. La humanidad idiota. Idiotas satánicos y luciferinos, exopolíticos, reptilianos, insectoides, católicos y suníes, evangelistas y veganos, españoles, muy españoles, comunistas idiotas, un tío blanco idiota, todas las vidas idiotas importan, hasta las de los subnormales idiotas, hasta la de los negros idiotas. Seamos, seamos.

¿Es la humanidad idiota? Todos pasamos por la etapa idiota. Incluso volvemos a ella de forma recurrente. Nadie se libra de la idiotez en uno o varios momentos de su vida. Pero el idiota tipo, el o la que merece llevarse el cartel colgado del cuello, el tatuaje hortera junto al otro tatuaje que tiene el nombre de su hijo o hija, alguna frase sacada de una búsqueda somera en internet o la idea cutre y mal trabada de alguien a quien, como idiota, considera de referencia, sobre todo si son pocas palabras, pocas sílabas, mucha imagen y nada de aquello de tener que pensar y sacarlo motu proprio, porque eso es mucho trabajo, y uno no se ha hecho idiota de forma oficial, con carnet de socio, para que le hagan pensar en nada que no sea parte de su ideario y práctica idiota. No es la humanidad idiota, por tanto, no todavía, aunque todos tengamos el potencial suficiente para pasar a formar parte de esa divina excelencia de los que dominan y dirigen, hablan más alto, gritan y demarcan, obligan y denuncian, al resto de los que, como infernales vasallos, no nos atrevemos a enfrentar sus logros.

Pero idiotas somos. Idiota somos tantos como adoramos a Iker Jiménez, espécimen adónico, epítome del conglomerado idiota. Idiotas son tantos como políticos y los que todavía creen que hay raciocinio, vocación y capacidad en algunas de las muchísimas capas de grasa que conforman una maquinaria burocrática indisoluble e indistinguible de lo que un día debió llamarse separación de poderes. No me pregunten, no recuerdo a que se refería, no lo quiero pensar demasiado, no sé si es que me crece y se me cuece la idiotez en la barriga, o que esa sensación es un indicio de alguna afección cerebral antigua, derivada del dolor, de unas asperezas callosas parecidas a la rabia o el simple reflejo maniático de quien ha negativizado sus frustraciones, en la menor de todos las posibles erosiones somáticas.

Iker y sus idiotas. Políticos y sus idiotas. Youtube y sus muchos idiotas que intentan escapar del ritmo idiota. Instagram y sus idiotas exhibicionistas. Linkedin y los muchos idiotas que seguimos pensando que esto es libertad de expresión y que está bien eso de leer solo lo que a uno le parece bien, bonito, perfecto, porque para eso tenemos razón, como idiotas, por encima, curiosamente, de todos estos otros idiotas que también creen tener razón, porque ven las mismas cosas idiotas, pero distintas, opuestas, referencias quirales de nuestra jaula cálida y libre de todo conflicto neuronal. Una jaula idiota, para idiotas, desde sus más queridos y forrados idiotas.

Los idiotas de la red antes conocida como Twitter. Ah, X Idiota, redundancia obsesiva. Oh, red de los idiotas, dime, dime tú que lo sabes todo sobre los idiotas, porque no podemos serlo más, serlo todos, felices, de la mano, aguardando como idiotas a que venga la sangre a destruirnos en la pasión irreductible de nuestra coloidal sustancia idiota. Qué es la idiotez sino odiar. Odiar por sistema. Mentir para odiar más. Mentirnos por odiar. Esconder las verdades, como Iker, por desconocimiento o por simple vocación y servicio a la idiotez, y hozar como cochinos, el morro cubierto de barro, masticando golosos y gustosos, hambrientos idiotas siempre, las mentiras fáciles, la información pueril, el resto subterráneo de esas mieles amargas que otrora nos costará saborear, porque no todo el mundo era idiota ni quería serlo, ni estaban los idiotas a cargo y tenían todos las ventanas para gritarle al viento lo idiotas que eran y lo divertido, y fructífero, y lánguido, y calmado, y fácil y suave, y beneficioso, y rentable, que sale ser idiota. Idiota como Iker, idiota oficial. Idiota tuitero, el más idiota. Idiota influencer de de la idiotez absoluta. Vendo dietas. Vendo mi cuerpo. Vendo la verdad parcial que es lo mismo que decir: ¡Yo también soy un caballero, dama, interfloral encalabrinado carácter de ser miembro o duplicado idiota! El Más idiota, el que gobierna a los idiotas, o el que les dice lo que tienen que hacer, como comer bayas del bosque cogidas con el ano por un monje tibetano (de culo, el ano del Tíbet, a eso iba eso de las nalgas, pero hay que ser idiota de nivel 3 para degustarlo). Los idiotas del Yoga, que se han creído que los dioses son mejores porque vienen envueltos en nombres distintos, enterrados bajo sabidurías milenarias que, justo hoy, tal y como ocurrió en el siglo XIX, y después, y ahora, resultan ser la clave para descubrir la verdad sobre la esencia del ser humano, del ser humano idiota. El idiota religioso, que se enfada y hace muecas cuando resulta que su dios idiota no aparece, y no aparece nunca, ¡qué me aspen si lo entiendo, idiota! El idiota del dinero, o de la vida perfecta, el idiota de Josef Ajram, que quiere trabajar como trabajábamos los idiotas hace doscientos años, y se revuelve en su éxito idiota, en sus patrones de color idiota marino, de aroma idiota azafrán, de consistencia idiota deconstruido. Príncipes de los idiotas. Reinas de los idiotas, que cuelgan fotos de sus hijos perfectos en sus canales perfectos, de sus hijos idiotas futuros, de sus maridos idiotas, de sus vidas idiotas, y todo por el dinero idiota, y su fama, indistinguible de su idiotez, sus maneras, sus caderas, sus sonrisas, sus lecturas idiotas. El que rabia es idiota. El idiota de la rabia. Yo, idiota de los carteles y de las letras. Idiotas como idiotas por los idiotas desde los idiotas.

Idiotas que leen a otros idiotas. Culpables en mitad de la inopia ácida. Idiotas que discuten con otros idiotas. Los idiotas de la tele, que solo saben hacer el idiota. Los periodistas idiotas. Las idiotas de la radio, el idiota rancio y ahumado de la radio, que se ríe como un idiota, que tiene un program lleno de idiotas para que le escuchen los idiotas, los primeros, los ancianos, los idiotas más idiotas, porque han vivido más como idiotas. Idiotas esculpidos. Todos somos idiotas. ¡Qué demonios! A qué viene tanto idiota. ¡Yo soy idiota! Y si no lo soy, quiero serlo, quiero abrazar el ideario idiota. Quiero ser tuitero, político, presentador, cómico idiota. Quiero ser deportista, influencer, economista, quiero ser un rico idiota. O un pobre, pobre idiota, idiota pobre, todo idiota. Todos idiotas. Qué sociedad idílica, ideal, luminosa, el gran futuro idiota del mundo. Los parques llenos de idiotas humillando su cuerpo por dinero. Los bares vacíos de idiotas. Idiotas llenos de idiotas. idiotas durmiendo ocho horas por idiotas. Idiotas clamando contra los otros idiotas. Yo quiero ser también idiota. Quiero acabar con las bromas que solo me llaman idiota. Quiero meter en la cárcel a quien ofenda a nuestros reyes idiotas, nuestras morales invisibles, idiotas. Quiero eliminar a quien me haga sentir idiota, porque idiota solo me hago sentir yo, que para eso soy idiota. Tengo carnet, y un mandil de idiota, y una peonza, y una riñonera, y el móvil inteligente que me cualifica como parte indistinguible de la paridad idiota. ¡Yo quiero ser predecible! Predecibles solo son los idiotas, ¿o somos idiotas porque somos predecibles? No estamos.

Idiota es el que no sabe que es idiota. Yo soy idiota. No soy tuitero, pero seré idiota. Seré idiota o no seré nada. La humanidad será idiota o no será nada. Idiotas del futuro, de un mundo arrasado, de una economía siempre fuerte, de una salud de hierro apuntalada en vidas de espanto, de un cuerpo carcomido por la falta de vida, idiotas de la ofensa, callados por no ofender, muertos por no hablar, solo gritar, tuiteros como dos soles, tres soles, trisolarianos en mitad de la nada universal, perseguidos por la vieja ilusión de la inteligencia, de la iluminación, el antiguo cuento inalcanzable de la humanidad; una humanidad no idiota, ni sana, ni para siempre, una humanidad jodida y humana.

¡Comamos como idiotas! ¡No bebamos como idiotas! ¡Amemos como idiotas! ¡Follemos, follemos, follemos como nos dicen los idiotas! ¡Creamos en dios, que es el mejor de los idiotas, porque él creó a los idiotas a su imagen y vergüenza! ¡Vivamos como idiotas, a medias, enfrentados, odiando, inmortales, perfectos, diciendo todo el día idioteces, como buenos idiotas. ¡Seamos idiotas! Seámoslo. Pero no leamos libros, no hay peor remedio, no hay mayor tristeza que el idiota que abandona y empieza a leer, no hay peor idiota que aquel que deja los libros idiotas, los canales idiotas, las vidas idiotas, que deja de comerse la baba idiota y empieza a leer. A ese hay que vigilarle, no hay que dejarle. Seamos idiotas, pero seámoslo todos; idiotas o muerte, es la única manera.

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