Odio odiar

por Somnoliento

Odio el tren lento
que no me lleva a casa ninguna.
Odio el tren que pasa volando
en dirección contraria,
donde se supone que yo volvería
o volver debiera.
Odio las mil lenguas que no nos hablamos,
unos a otros,
las risas que son risas porque no dicen nada.
Odio la trémula luz de un sol
encanecido por el egoísmo y la avaricia de los hombres ignorantes, refocilados en su vulgar existencia.
Odio mis manos que se duermen sobre un teclado imposible,
mis ojos limitados que no pueden ver
más allá de la oscura masa del gólgota
que sombrea los días,
desde las mañanas sonámbulas, injustas,
a las noches robadas por un sueño impuesto, plomizo, inútil…
Odio la vida de las ocho, diez, doce horas.
Odio la vida del banco y el dinero,
la vida de la casa y la televisión.
Odio las rutinas de hormigas engañadas.
Odio mi cuerpo que no responde,
que no salta de la fila.
Odio, odio, odio todo lo que a odiar me obliga:
¡odio odiar! Pero odio…
¡Odio mi vida! A veces. Muchas.
También odio la tuya.

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