Nunca iré a Dublín,
pero creeré que existe,
que Behan bebió,
que Bloom subió,
que el hambre de Kavanagh
un día me vió.

Nunca lré,
nunca te veré,
en la vereda encantada,
nunca te daré
los poemas que no;
nunca iré a Dublín.

Nunca iré por dinero o vanidad.
Nunca iré por dejarme llevar,
por no saber pasear,
por encontrarme lobotomizado
en los brazos de la rabia,
en los brazos de la muerte rica.

Nunca iré,
nunca seré, puede,
un Dublinés,
pero aún me queda una lectura, James,
aún el banjo y el violín,
la barba roja,
los ojos azules perdidos,
siete noches más
para olvidarme hasta de lo posible,
la firma asfáltica,
no haber cedido
al cetro colorido
de los nuevos reyes,
de las nuevas, verdes, rojas, amarillas, azules,
sirenas de lo pesado
en su angelical
anuncio de la muerte de lo humano.

Nunca iré de su mano colorida,
iré con el carretero,
los funerales,
un niño de reformatorio
y los poemas de
un bebedor malhumorado.

Nunca iré a Dublín,
nunca bajo su
servil llamada dorada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *