Cada vez estoy más convencido,
o me convencen más
las imprevistas conexiones
que se establecen entre
los millones de segundos,
que este mundo no está hecho,
no se ha preparado,
en absoluto,
para nosotros, los nerviosos.
Nosotros los inquietos,
los desconcentrados,
los irresolutos e imprevistos,
los recursivamente ansiosos.
Este mundo está pensado
para los faltos de sangre,
los helados, los quietos,
los irredentos y responsables,
los desairados a los que,
acorazados y sobrios,
nos les pesa el corazón,
ni les late desaforado,
ni se les sale el hígado por la boca
cada vez que huelen.
Este mundo, definitivamente,
no está hecho para nosotros,
los mal dormidos,
porque mucho hay que perder;
los empecinados en no fijarse
al discurrir lineal del mundo;
nosotros los que no podemos
estar quietos ni cinco minutos,
porque se nos van,
de un lado las piernas,
de otra dimensión las efusiones,
de un mundo los ojos
y del otro las manos llenas;
nosotros los que por vivos,
no sabemos estarnos muertos,
y no perdemos el pelo,
ni los protones irreflexivos
en la conmiseración profesional,
en la conformidad nalguda,
en la euritmia irrespirable.
Nosotros los nerviosos,
los faltos de atención,
los irremisiblemente despiertos.
Nosotros los nerviosos
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