No pretendo endurecerme, ni hablar;
no me dejaré, no acepto tu embargo.
No me encontraréis sumiso al dolor,
ni a la furia, ni a la muerte, ni al hambre;
no seré yo quien deje de gritar.
No quiero hacerme de roca o acero,
no cederé a las durezas del hielo,
prefiero enfrentarme y crujir de frío,
recobrar al viento la piel curtida.
No pretendo esquivar las tempestades,
ni las torrenteras, ni todo el barro
que ruge de la lluvia cuando truena;
no quiero perder los pasos mal dados.
Me quedaré blando, de dúctil voz,
con la razón traslúcida y dispersa
en las gelatinas de otras verdades;
sorberé de cada tacto un color.
Y con cariño y cuidado soplar
cada brizna que se apoya en el labio,
como un secreto que, solos, guardamos,
encendido pero breve, apagado.
Haré por querer, por querer mejor,
por querer cuanto pueda, seré libre
de empantanar con besos los volcanes,
de armar de risas tormentas solares.
No pienso endurecerme como tú,
que huelgas en tus dientes desbaratados,
no viviré solo entre mis pulmones,
para un día despertarme vacío;
no, no pisaré con botas de clavos,
arruinando charcos, jaras y flores;
no obviaré ni al grillo ni al saltamontes,
ni al árbol ni al musgo resbaladizo;
más que lobos, holoturia florida,
maleable, nerviosa, escurridiza,
umbría, esponjosa, desparejada.
Más que león, andar entre las sombras
y tomar de cada ojo la esperanza
por duplicada y breve efervescencia,
sonreír la rima que destilamos
como pigmentos del mar y del cielo.
Abrazarte, aunque seas transparente;
encogerme en tus brazos como sal;
volvernos espuma y desmadejarnos
en las olas que hacemos con las manos.
Cuidarte, como si fueses de nieve,
entre la primavera y los veranos,
e imaginarte en cadenas de invierno;
al pie del otoño, al ver de los rojos.

No voy a endurecerme, no señor,
no cederé a la ambición de tus viejos,
ni al poder, ni a las camas de dinero,
no seré, como tú, viviendo muerto.
Y viviré por vernos como somos,
juntos, simbióticos, como debemos,
por abandonarnos a las corrientes
del mundo, que no es sucio, que no es seco.
Del corazón perenne un manantial,
fresco, desordenado, permanente;
de la razón un continuo esforzarse
por saber que, entender, nos entendemos,
por querer que querernos nos queremos.

No voy a olvidar nada, ni lo bueno,
ni lo malo; ni rabias ni dolores;
no voy a olvidar que antes de ser nada
soy más yo, persona sobre la guerra,
por encima de todo: las razones
y objetivos, el dinero y la envidia,
por encima de todas las heridas;
tú vive, perdido, si quieres, solo,
yo no olvidaré que sé lo que somos,
que tengo claro que sé adónde vamos.

 

Photo by erin walker on Unsplash


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