En defensa de lo feo y de lo viejo,
de las aristas y lenguas revueltas,
de cada arruga libre sin respuesta,
de las pieles en tonos imprecisos;
en defensa de todo lo distinto:
de lo raro, lo real y lo verde,
del suave ritmo de lo diferente
en lucha por la mirada tranquila
y la paz rara de la transparencia;
en defensa del desorden perenne.

En sola defensa de tus defectos,
de mis errores, de tu resistencia
creciente por la brava inconsistencia,
de mis ganas de encontrarme imperfecto,
de tu santa condición de sujeto,
mortal, bien relleno, peluda, cojo,
sometido a lo triste y al enojo,
federados por tu santa otredad,
por la bella y proscrita alteridad
que nos diluye y enciende los ojos.

En defensa de lo roto, lo muerto,
lo no tan bueno, el enfado, la sombra,
el sucio plumaje de las palomas,
la falta de aire, la angustia, mis miedos,
lo débil, pequeño, el mundo gimiendo;
en defensa de nuestra oscuridad,
de la lluvia y el frío, de la sal,
el dolor de las formas incorrectas,
la rabia, el grito, la boca incompleta;
la necesaria amplitud de tu disparidad.


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