En frente, en diagonal al sitio en el que voy sentado en el avión de vuelta, un hombre, mayor y con gafas que podrían desconcertarnos y acusar cierta actividad intelectual, se pasa el vuelo jugando a un estúpido juego en su tableta, en el que tiene que eliminar de la pantalla una bolas de colores, lanzándoles bolas de otros colores. Así tú, me dice Tongoy, sentado de forma muy espiritual a mi lado. Así yo, ¿qué?, le digo, pero no me contesta, sólo hace unos gestos exagerados y maniáticos con las manos, señalando al hombre vestido con pantalón excesivamente corto para un vuelo al norte y una camisa de manga corta con cierto aire náutico.

Así yo, que así acabaré yo, supongo. No sé por qué dice eso. Tampoco se lo pregunto, se reirá de mí de nuevo. No he perdido nunca el tiempo así. Miento. Lo he perdido, a veces, y me he culpado por ello, y él se ha aprovechado de recordármelo, maltratándome como sólo sabe hacer él, que vino a este mundo a remarcar los caminos torcidos y angustiosos que nos obligamos a tomar, al menos de vez en cuando. El hombre sigue perdiendo el tiempo. Y mientras lo hace, bebe, bebe con fruición; más que de borrachín, tiene pinta del turista explorador que viaja a África uniformado para un safari de lujo en el que los animales son un elemento más del paisaje y las comidas de cada día en su hotel de lujo pesan lo que el grupo de escolares que pasa delante de su jeep al entrar en la ciudad, destartalada y polvorienta, pero la más viva que ha visto en su vida. Ese halo, ese efímero atisbo de supuesta intelectualidad se ha derrumbado ante mis ojos, empapándole, ahora veo más una cosa amarga y obtusa. Para de repente y saca algo de un pequeño neceser que lleva en su regazo. Una bolsa de plástico transparente que contiene un pequeño bote y unos algodones de los que suelen usar para quitar el maquillaje. Le sigo atentamente con la mirada, la sombra del avión me protege. A mi alrededor casi todo el mundo está embebido en su teléfono móvil, tableta u ordenador, algunos juegan, otros parecen leer, los menos, y otros ven alguna película o serie mientras devoran el aperitivo que acaban de servir un par de azafatas de gesto serio y aire de hastío absoluto. A mí también me envuelve su desgana al ver sus manos huesudas de uñas repintadas recorrer los pasillos con aire de señoritas. Me huelen raro, por encima del perfume, casi siempre excesivo, algo en su caminar exagerado huele a desidia por el género humano con el que tratan, subidas en una caja de metal de dimensiones inhumanas, al borde de la catástrofe. Nos odiamos todos en los vuelos, aunque secretamente. Saca un algodón, lo deposita sobre la mesa y vierte parte del líquido sobre el mismo, demasiado en mi opinión. No sé lo que es, pero intuyo que será algún tipo de aceite esencial para algún caso localizado y crónico de soriasis. No es así. Coge el algodón y lo acerca a su nariz. Absorbe con cuidado, una vez. Lo retira y vuelve a acercarlo. Repite la operación unas cuantas veces. No le gusta tu olor, me dice mi diluido compañero. ¿El mío? El tuyo, el de nadie, no le gusta el olor de la gente, es un viejo engreído. ¿Tú crees? Créeme, sé de esto, conozco a la gente cuando acechan sus manías, es un maniaco, y es poco inteligente.

¿Es lo que yo pienso? Es la opinión de este egregor con el que cargo poco más que un reflejo de mis ideas subconscientes… No, le oigo decir, tengo mis opiniones propias, no me rebajes a una proyección mental, eso es el peor de los insultos para alguien como yo. No era aceite, el líquido que veo sobre el algodón que acaba de dejar en la mesa de nuevo es mucho más fluido. Probablemente sea algún tipo de alcanfor o concentrado de aromas. No le culpo, los aviones a estas horas, cuando aprieta el calor, rezuman todo tipo de excrecencias ocultas; somos bombas de gas y líquido a punto de explotar. Puede que no sea más que una solución casera contra la sequedad de las mucosas, en cierto modo, le envidio, tiene su propio paraíso de olores al alcance de la mano. En su trajín de tableta, ginebras con tónica y algodones de alcanfor, acaba por tirarse la bebida encima. No es muy hábil, un hombre rico, acostumbrado a la molicie, puede ser. Hace aspavientos con las manos y mira alrededor. Ya no le miro, no cruzo la mirada con él. Tongoy emite una risita mientras se tapa la boca y mira por la ventana. Noto como el viejo gira su mirada hacia mí. Disimulo, no tengo por qué, pero disimulo cerrando los ojos y poniendo la cara más seria que tengo, concentrado en el libro abierto de forma inútil encima de la mesa plegable.

Es un completo inútil, me susurra al oído y su cara muestra ahora unos rasgos más afilados, la sombra crece bajo sus ojos que se agitan en un brillo de tensión amarillenta. Estás inflamándote. ¿Quién? ¿yo? Contesta, descreído. Y vuelve a reír, esta vez para sus adentros, pero lo oigo. Su sonrisa maligna, mefistofélica que dirían, me sigue provocando escalofríos. Debería visitar más a esta gente, explorar más lo que pueden ofrecerme. Me estoy aburriendo de ti, últimamente no hacemos nada interesante. Se refiere a que últimamente le hago poco caso, he conseguido desarrollar cierta resistencia a sus presiones. Convivo con su presencia y sus ilusiones retorcidas, pero siento su aburrimiento crecer, y con él, decae su autonomía, su presencia individualizada. A pesar de ello, sigue pegado a mí, no quiere marcharse. ¿Por qué no te vas de una vez? No puedo, todavía, lo sabes. No quieres. No quiero, tampoco, me necesitas, todavía un poco más. ¿Cuánto? Lo que tú decidas. Y prosigue, señalando descaradamente al viejo calvo que se limpia con las servilletas que le acaban de traer, así tú. Así yo, ya lo sé. Y vuelve a hacer sus movimientos espasmódicos, terminando con un dedo delante de sus labios, mirándome fijamente con gesto burlón.

¿Quién eres? Al principio sólo suspira y hace que no me entiende. Me pide explicaciones. Le mujer de mi derecha, gorda y entrada en años, más de lo que le gustaría decir abiertamente, me mira con gesto extraño y unos ojos pesados, colgados de unas grandes bolsas de color morado. Lee una novela barata de esas cuya portada parece diseñada por el propio escritor, en su casa, con fotos sacadas de una búsqueda en Internet. No leo bien el título, pero intuyo que hay más de una palabra que refiere al amor. No puede verte o sí. Puede verme o no, esa es mi respuesta, al fin y al cabo, voy sentado a tu lado. No recuerdo haber pagado su billete, nunca lo recuerdo, pero es cierto que está ahí. Veo quizá una muestra de lo que es, una sola de las posibles representaciones. No ves nada, así tú. Esta vez señala a la señora, que ha vuelto a su libro, al que parece estar totalmente entregada. Al menos lee. Al menos lee mierda, me contesta Tongoy sin levantar una ceja. ¿Tú lees? Yo te leo a ti, que es más que suficiente.

Ahora el viejo se ha puesto a resolver crucigramas en formato electrónico. No parecen muy difíciles, la verdad, la letra es enorme y no contiene palabras excesivamente largas. Es en Rumano, dice. Leo, pero no entiendo nada. No me suena a nada que haya leído antes. Puede ser Romaní. O no, no es de fiar. Por otro lado, el Romaní tiene raíz latina, algo sonaría familiar. Pongo un poco más de atención, a mí me suena más a algo húngaro, a Magyar, algunas kas y la i griega creo que lo delatan. ¿Magyar? Qué chorrada, si son cuatro gatos, no hay nadie que lo hable, nadie, me oyes, eres un imbécil. Se enfada, como otras veces, intentando llamar mi atención; he aprendido, no le hago caso, otra vez. El vuelo se me está haciendo muy largo a pesar del entretenimiento que me provoca la disección que mi acompañante oscuro me obliga a mantener. Yo no te obligo a nada. Hay turbulencias repentinas, suena un pitido corto, puedes ver a la gente, a los pocos que conservan algo de percepción activa —el resto duerme imbuido de su miedo a la muerte, intentando enterrar la visión de la desaparición en sus ordenadores y teléfonos—, agitarse nerviosos y echar miradas de soslayo hacia las ventanas. Son baches, nada más. Uy, sí, baches, dice, ¿y si nos vamos para abajo, ahora? Nos vamos y punto, y se acabó, y ni tú ni yo, ni el viejo perdido, ni la loca que se pinta como una puerta para no verse la piel caída y manchada, la que fue joven y deseada y encantadora de hombres que le besaban los pies. ¿Ah, sí? Pues no vamos y punto. No, no, no, tranquilo que iremos todos al cielo, arguye en tono burlón, y se pasa las manos por la cara, nervioso, haciendo círculos, retorciéndose su cara picuda, deformando la carne blancuzca que puebla sus formas a veces difusas. O al infierno, le digo. ¿A mi casa?, no, muchas gracias, todavía no puedo volver, aún nos quedan muchas cosas que hacer juntos, tú y yo.

 

Imagen por: lostknightkg.

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