Mayo 2018

De los otoños lejanos
que anduvimos sin paciencia,
del sabor raro y crujiente
en mi aupada complacencia,
de esos días rabias hago,
rabiosas penas, afluencia
de no haber tomar sabido
con saña tu iridiscencia.
En esos días que lejos
siempre vuelven inflamados,
concretamos hambre y sal,
nos desvestimos fugados,
nos recorrimos de súbito,
de niños alambicados
en la terrible ocurrencia
de vivirnos separados.
Diré, pues, que aun con el miedo
y la pulpa infantil fresca
supimos como encontrarnos
empapados por la mezcla,
retando al urbano frío
negro que la noche asuela;
supimos como querernos,
gastamos todas las vetas.
Por eso yo miro y tiemblo,
un poco, al menos, silencio,
escalofríos de olores,
por eso miro y requiebro
en volver a no saber
que no vale todo el tiempo,
que hasta la risa se rompe,
hasta se pierde queriendo.
No fui yo más feliz, nunca,
o eso creo, que entregado
hasta el quicio a tus hechuras;
no fui más feliz, confiado,
con el mundo y con mis lunas,
más seguro, más osado,
que entre tus brazos de niña,
que con mis labios colmados.
De tan feliz, tan seguro,
tan bravo, apacible y lento,
tan llano descubridor,
tan buena escucha y talento,
de tanto sentirme en gloria,
creí sin ti seguir siendo,
creí sin ti poder algo;
me equivoqué, necio…

Te reprimí, te reduje:
me equivoqué por entero.

Y en los otoños me paso,
crujo, desparpadeado,
buscando los asterismos
de tus cielos liberados,
de tu risa a borbotones,
de tus ojos desatados;
de tus manos me revivo,
solo y encalabrinado.

Me reduje, me desdije:
me equivoqué por entero.


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