Oigo cantar los cuervos fuera
que parecieran alegrarse
de verme la sombra encorvada
mecerse calamitosa esquivando
el frío helado y líquido
de estas tardes nocturnas.
Ellos lo saben todo,
hasta el aroma que desprende
mi alma en tiempos como estos,
a los que volvemos tragando
miedos antiguos entre dientes;
y sus fauces se abren babosas,
negras como la costra
que recubre los tiempos
de ilusión y de lluvia.

Oigo como se ríen;
los cuervos siempre ríen,
porque lo saben todo,
hablan en cada risa con la muerte
y ella a cambio les susurra las notas
de cada uno de los futuros
que a los vientos esperan;
y ellos, que ya lo saben todo,
pasean orgullosos
sabiendo que serán los últimos
en dejar este mundo;
que la muerte les habla
y les ha cantado que esperen,
que aún debe llevarse al hombre,
que ya se escuchan las mandíbulas
ocluírse sobre hueso y carne.

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