Laura fue una niña normal hasta un día cualquiera de mayo, muy cerca de su duodécimo cumpleaños. Ese día, saliendo del cine que estaba a pocas calles de su casa y que hoy, arruinado por el progreso a toda costa, duerme sus voces entre los pasillos de uno de esos supermercados que carcomen las ciudades. Su madre cayó fulminada, su gran corazón no pudo más, eso le dijo su padre. Una cardiopatía congénita no detectada, eso aprendió de los médicos, con el tiempo. Su padre no supo llevar la muerte, ni a su hija, y ella huyó de su padre ausente y de una madrastra ignorante en cuanto pudo valerse por sí misma.

Sus sueños se torcieron desde el primer día después de enterrar a su madre. Tuvo que soportar meses en el tiempo de las pesadillas, de la falta de horas de sueño, el cansancio, el fracaso escolar y la terapia. La muerte repentina de su mundo. Las pesadillas brutales se fueron, pero llegó la ausencia del recuerdo onírico, la tortura de sentir las noches vacías, un absoluta negrura que acompañaba a sus lóbregos amaneceres de desesperación y pastillas. Cuando por fin recuperó sus sueños, no estaba sola, la repetición constante de una presencia conocida sobrevolando cada experiencia extraña mientras dormía. Su madre como si fuera el mismo cielo, surcándolo todo durante mucho tiempo, imbricada como un hilo entre las costuras de la tela; reconocía a la perfección esa mirada sin ojos, esa sensación cálida pero pesada que hacía que cada sueño oliera sólo a ella, una y otra vez, hasta la rabia.

Se acostumbró a soñar, demasiado, vivía más en sueños, eso decía su psicólogo, un joven terapeuta que acabó por considerarla algo más que una simple paciente. Te tomas los sueños demasiado en serio, decía, no son más que sueños, un reflejo de tu inconsciente. Pero ella leía, y aprendió a controlarlos, aprendió a moverse con soltura entre los sueños lúcidos, derrochando con gusto todas sus pequeñas locuras. Su uniforme de colegio era la señal que la iniciaba en la frontera del mundo onírico, su gancho particular, y estaba feliz en él, como cuando iba con su madre al cine, como el día que se deshizo a sus pies, ahogándose, con los ojos llenos de miedo. En sus paseos quiméricos anduvo mucho tiempo buscando a su madre en esa sombría presencia que parecía dominarlo todo desde lejos. Cada día hacía más camino, cruzaba cordilleras, altísimos picos invertidos entre las nubes acuosas y los soles de hielo. Y dormía y dormía, y con cada paso, el tiempo del sueño se volvía más oscuro, más brumoso y difuso que cualquier otro mundo. Y siguió, hasta encontrar un gran río. Un río de aguas tranquillas, elevado por encima de su ojos, sin cauce, pero con camino hacia un horizonte violeta lleno de memorias. Un hombre al otro lado, luminoso aunque envuelto en sombras, la llamaba agitando su mano, sonriendo como nunca hubiera visto, ni siquiera en sueños. Y ella le devolvió la sonrisa, y él tomó su mano. Por fin te he encontrado, le dijo. Y ella se enamoró al instante de aquel joven que vestía como una estrella de Hollywood de los años cincuenta, pero con la sonrisa y la mirada de un Ryan Gosling moderno. ¿Qué buscas? le preguntó. A mi madre, respondió ella, sin miedo, entregada a esa sonrisa dulce y sabrosa. No, no buscas a tu madre, buscas tu nombre. Ven, y tendiéndole una mano caminaron durante horas, que en el sueño son suspiros, hasta llegar detrás de las montañas que dormidos no se ven, pero se que adivinan en cada paisaje que no existe. Detrás, como si de una cordillera se tratara, Laura vio a su madre, tendida, la mano en el pecho y el gesto contraído, la muerte en sus labios morados. Lloró. Y lloró en su cama. Y su madre le dijo: Laura la guapa, Laura la preciosa, la princesa, Laura Pintada de Azul. Y como un peso que se libera del fondo de un barco, su sueño pareció volar entero por encima de las mismas crestas del corazón de la noche dormida.

Se despertó aquel día y, aunque cansada y algo nerviosa por su intimidad aquella noche, sintió que algo se había desvanecido en ella, una carga pesada. Vio a su joven acompañante cada noche, le esperaba a las puertas, dispuesto y sonriente, y hablaban y caminaban juntos, y seguía vistiendo como uno de esos galanes que tanto le gustaban a mamá. Laura soñaba y soñaba, y ya no quería estar más despierta. Poco a poco se fueron alejando las clases de la universidad y los exámenes pasaron sin que nadie la echara de menos. Y era feliz. Cuánto hacía que no era feliz Laura, cuántas noches, cuántas lágrimas y rincones oscuros en los que refugiarse de todo y de todos. Daba igual que se encontrara más cansada, que hubiera adelgazado, porque hasta el hambre había desparecido, se sentía exuberante, él la hacía sentir preciosa, Laura Pintada de Azul, era el chico de sus sueños, todo era perfecto. Cada vez dormía más, porque la vida real, sin él, sin nadie más que ella, se le hacía tediosa, gris, de una textura viscosa y con un olor a muerte que le hacía volver a la cama con la prisa del que busca un refugio de la tormenta. Se olvidó hasta de ella, porque mientras dormía, podía ser cómo quisiera. Laura olvidó vivir, hasta sus sueños desaparecieron. Y ese chico con aspecto de galán y sonrisa mágica, siguió sonriendo en su reino onírico de nombres robados, mientras observaba a Laura entre sus juguetes, paseando feliz encerrada en los sueños que ya nunca más serán suyos, que ya nunca más podrá soñar.

Su padre recibió una llamada tres semanas más tarde: «llevaba casi dos semanas muerta cuando la encontraron». Apenas si pudo reconocer el cuerpo esquelético, casi sin pelo y cubierto de pústulas que reposaba sobre la camilla de la morgue del hospital.

 

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