Es como si hubieran acabado todas las historias:
hasta aquí hemos llegado, dijeron,
y se plantaron al unísono,
como una nube de piedra.
Y no hubo más,
cada nuevo paso era igual al anterior,
cada esquina se desdoblaba
y descubría sus sombras de forma impúdica.
Toda risa albergaba el mismo hueco
y una decrepitud de tono, lánguida,
que sonaba a grajo afónico.
Como las palabras,
que llegaban tarde y con sordina;
toda sorpresa era anunciada
por miles de trompetas desacompasadas que,
en su tronar, quebraban el metal,
también consumido
por ese ácido visceral y rojo.
Solo el viento,
perdido en sus revueltas,
traía a veces una grieta en el recuerdo,
plagada de minúsculas voces, tiritando;
pero no eras más que eso, polvo,
y tiempo ya drenado, agonizante,
que en su huida lo arrastraba todo:
del corazón al tallo,
de la hierba, a los silencios de la piel,
todo,
hasta esos átomos verdes
que estallan si los comprimes
en pasiones de frío.

Se acabaron la historias,
se fueron sin avisar,
y con ellas muchos de los viejos colores,
y un amanecer,
uno sobre todo,
que construyó en la niebla nocturna
dimensiones rebeldes supermasivas,
que giraron azules
solo para nosotros.

 

Imagen por: danielwachter


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