A un amigo, que no somos los mismos, nadie, nunca.

Amigo, cómo de lejos…
Cómo de alto, soberano
te has erigido entre soles
de un verde ambición sobado;

Ay, desde cuándo, minutos,
horas, años han pasado
en un suspiro indolente,
qué hay de todo lo que fuimos…

Qué hay del frío. De tu frío,
ese que te arrastra inane,
como si no hubiera más,
como si no fueras nadie,

o fueras todos, sin nada
a qué poder dedicarte,
sin nada más que perder,
como a toda vida inmune.

Qué hay del desecarte vivo:
estás como estabulado
en tus regiones soberbias,
y miras como estragado,

abotargado de cielo,
que no te abarcan techados,
si eres luz en el Olimpo
de plata y oro cargado.

Qué hay de lo que vimos, fuiste
sangre, carne y corazón,
apacible del abrazo
y en la noche, por la voz…

¿Qué ganaste? ¿qué olvidaste?
dónde dejaste el color,
la calma, placer por contar,
te venció armado el dolor…

Qué eres si serás así,
como siembra incorruptible,
de vista rota en desganas,
qué, si ni el dolor te rompe;

qué eres si no vas a estar
nunca allí dónde te encuentres,
si habremos de sumergirnos,
antes que alcanzar a verte.

Qué de ti, Ícaro temprano,
si no avivara el recuerdo
las mareas de la ausencia,
la necesidad del muerto

al venirse en barahúnda
el ciego empuje del tiempo;
qué de nosotros, amigos,
que no somos del silencio…

 

Imagen por: lostknightkg


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