Primer mordisco del verano al fin,
primer golpe de su voz sola y fresca,
primeros aromas: agua de noche,
pino, jara sedosa, luz oblicua
de las tardes de sol, y el frío seco,
resto del invierno ahora lejano.
Primeras sombras suaves de tu cuerpo,
meandros del recuerdo y de la risa,
estrellas crecientes al mundo erguidas,
tiempo desecho, esparcido con cada
brote joven y dulce de tu aliento.
Días azules, noches del verdoso
crepitar de las mañanas siguientes,
y vuelta al azul, y al cielo inflamado
de púrpura, de rojo enrabietado
y el sueño sometido a los colores,
rendido a las fuentes que ungen la vuelta
de todo: sol a la espalda, vencida
la noche, amores a medio aclarar
prestos a desentrañarse de nuevo
con el crujido de la roca fría.
Y la montaña, madre, custodiando
cariñosa la escena que a sus pies,
vibrando, acaricia sus largas faldas
en selénicas jaranas musgosas.
Verano, al fin
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