Ya no leemos

por Con Tongoy

En los aviones nadie lee, o casi nadie. O casi nadie lee libros. La prensa, las revistas anodinas y sobadas que se encuentran en el marsupio invertido del asiento de enfrente. Algunos papeles del trabajo, incluso el fin de semana, hay quién los prefiere a pasar su tiempo leyendo, costumbres insalubres. Quizá no tengan otra cosa, quizá esa sea su más recomendable lectura.

Yo soy un lector solitario, pero ávido de conversaciones literarias. Soy un tertuliano agresivo que entra de lleno en lo más duro, siempre, nada de caricias, nada de prolegómenos, o has leído o no has leído, no hablemos por hablar, el cine es por la mañana, las lecturas de tarde, la poesía, la bebida y las drogas de la noche y la madrugada. El sexo es para todo el día, sólo o acompañado. Me gusta hablar de libros, y me gustaría que más gente hablase de ellos.

Entiendo que no leas. No lo hagas, pero no pierdas el tiempo entre revistas y papeles en blanco y negro de ideas voraces, de opiniones pagadas y dineros con letras. O lees o no lees, pero no mal leas. Lee libros, cualquiera, o casi cualquiera, pero escupe las revistas de aeropuerto y antesalas. Juega con tu móvil, que en poco será más listo que tú, porque él no necesita leer, él lo lleva de serie, la diferencia es que no lo comprende, no sabe asimilarlo, ni siquiera disfrutarlo. Pero lo hará, cuando menos los esperes. Aprenderá de ello, comprenderá, incluso puede que lo disfrute. Más que tú, que ni lo pruebas, que prefieres jugar con su pantalla brillante, de mil colores y así olvidarte del mundo. Tiempo perdido, o no, tú verás, pero tiempo que podrías haber dedicado a algo con más provecho, aunque no fuera leer un libro…

Ya no leemos libros, leemos blogs, como este. No hay cuentos o historias, todo se resume en posts, tweets, bitácoras, enlaces o noticias. Las historias largas parecen llevarnos al sopor más absoluto y el papel es un extraño espejo al que da miedo mirar, porque sólo nos muestra lo que ya no somos. En la palabra está la memoria, y en la memoria la vida, la historia de nuestra vida. Y las palabras escritas son las únicas que no se pierden, son las pocas que quedan intactas al paso salvaje de un tiempo que no espera a frases ni a renglones.

Hoy, la palabra es maltratada, la oralidad es un esfuerzo pervertido que se dedica a fines utilitarios, mercachifleros, pervertidos. La escritura sufre del dolor ante el escuerzo oral de la palabra, se consume con el maltrato de la memoria viva, de la vida de la memoria. Lo que somos, escrito y hablado, cada vez es menos, cada vez está más en un pasado envuelto en las crecientes brumas de unos avances tecnológicos mal aprendidos. Nuestra memoria casi no crece, porque el hablar ya no es hablar, y al cambiar el hablar cambiamos el escribir, y al cambiar el escribir, al relegar al papel a la tortura de la bruma acabamos con la memoria, que como he dicho, es poco más y es todo lo que todos seremos.

Al recuerdo me remito, al que para nosotros hicieron y al que nosotros, todos, fabricamos día a día. Frase a frase, vida a vida.

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