Dirigir ¿el qué?
Si yo no quiero dirigir  a nadie,
ni a las hormigas que me cruzo
obnubiladas por la calle,
ni a la lluvia que me moja inesperada;
yo no quiero ni dirigirle la palabra
a las mañanas que me levantan inmisericordes.

Por no dirigir, no quiero dirigirme ni a mí,
dejar de mandarme que escuche,
que haga, que diga, que aguante,
dejar de decirme que tengo que seguir,
porque seguir es lo que me digo y me mando.
Por no dirigir no quiero
ni encontrarme entre los pasos
que no mojan ni embarran,
dejar de hacer los mismos caminos,
siempre dirigidos,
siempre con destinos precalentados,
sorbidos hasta el color gris del techo.

Dirigir ¿el qué?
Llegar ¿a dónde?
Pero si yo no quiero llegar a ninguna parte,
si yo quiero ser,
así, sin más,
dejarme ser,
así, como va,
no encontrarme siempre que me busque,
no despertar alguna vez,
no sonar,
no tener que escuchar la dirección
horrible de las palabras mal escritas,
peor dichas,
peor pensadas,
tan maltratadas.

Dirigir ¿el qué?
Si yo quiero perderme,
de una maldita vez,
y no dejarme nunca más aparecer,
no así, dirigido, dirigiendo,
dirigiéndome a ninguna parte.

Dirigir ¿el qué?
Si yo quiero que nos perdamos,
que no nos dirijamos más,
que encontremos una selva
a estrenar,
sin senderos ni pirámides
y nos echemos a perder;
si yo te entiendo,
si yo también quiero
que nadie vuelva a encontrarnos,
ni de polvo
ni de espasmos,
aunque rimemos mal.

Que nadie nos vea desaparecer,
dirigiéndonos a la pérdida
y al desencanto,
hacia todo lo que no vale,
lo inútil y lo barato,
el desorden, la falta de fe,
la inacción,
las sombras somnolientas,
la alegría sin más,
el olor verde de la humedad en verano,
el invierno de piedra blanca,
la libertad y el abrazo,
la última caricia
y todas las miradas,
al final, al final,
donde brote el agua roja,
donde nadie pueda ya encontrarnos.

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