Vuelta de vacaciones sin salida

por Con Tongoy

Vuelta de las vacaciones, sobre todo de las de verano, no hay mayor tópico que la depresión, sobre todo la profunda, como ésta. Y ésta. Y ésta también. Nanodepresiones que vuelan cada una en sus nanosegundos. Tortura atómica que con los años va a menos. Al pasar los años varado en una mesa incómoda, delante de la pantalla de un ordenador cada vez más pequeño, el síndrome ese post celebración y post felicidad va siendo menor. Un día desaparecerá, lo presiento, quizá porque yo mismo me iré con él, o antes, o quizá porque ya no habrá porqué para desafiar nuestros límites emocionales con la tortura del abandono del yo más real, ese yo que vibra siempre entre las veleidades del ocio, tan depauperadas y sometidas hoy día, y las calamidades del trabajo por el trabajo, el dinero por el dinero, que viene a ser lo mismo, tan alabados y encumbrados por los profetas de lo inhumano, que en miríadas nos rodean, acechantes.

Vuelta a la silla y a los caminos subterráneos de la madrugada ingrata y cruel. Vuelve uno algo “zombie”, que hay que estar a la moda, arrastrando los pies, babeando de miedo y pena ante el sol que se nos escapa ya entre las pestañas. No se llora, que llorar ya es de niños, aquí no se llora, aguantamos todos esta crisis galopante e injusta, aguantamos mientras unos pocos viven la vida a tutiplén, montados en nuestras depresiones y síndromes post (o ante) apocalípticos. Y yo vuelvo bien, este año vuelvo bien. Me importa poco lo que ocurra, si hay algo bueno en la sensación de agobio general actual, es que todos andamos, quién más quién menos, pasados de vueltas. Y pasados volvemos al trabajo sin pestañear, babeantes, errantes en pena, pero sin la mohína exacerbación del pesimismo capitalista de otros años. Este año lo llevamos de serie exacerbado, venimos con ello en el extremo de los acantilados de nuestra locura, un paso es caer, no queremos dar ese paso, no todavía. Ergo, pasados volvemos, sin poder ir más allá.

Qué sorpresa hallarme delante del correo electrónico trillando los cientos de emails no leídos, lo esperaba con ansia, algo no necesariamente bueno; el ansia sólo es buena cuando la sobrevolamos con gusto, cuando va unida al placer inmediato y breve, prácticamente efímero. Qué alegría el reencuentro con la familia del trabajo, las charlas insulsas sobre unas vacaciones de las que es mejor no hablar, de las que nadie debería preguntarme si no quiere recibir como respuesta un desesperado manotazo verbal en los morros. Me siento pletórico al descubrir que, en mi ausencia, todo ha ido como debía: enmarañado, tórrido por el verano que reblandece el seso de los que mandan, amargados generalmente por no haber salido antes de la rueda de reencarnaciones profesionales que no acabará ya en orgasmo religioso. Los asuntos dejados por los pobres y ruines que no disfrutaron de sus días de “asueto et jolgorio” son un bonito proemio de lo que el mes de septiembre resulta ser cada año, cada milenio desde, supongo, que el hombre se organizó en ciudades, allá por tiempos de Uruk, y empezó a donar sus trabajos al templo. Ah, dulce olor de la tensión, suave cantar de los ríos de lo profesional, ojos brillantes que esperáis a la sombra de mis descanso, como os echaba de menos, sin el influjo del látigo vital de vuestra carrera infinita no sabría vivir. Supongo…

Aunque he vivido muy bien estas miserables dos semanas; miserables porque al lado de los otros once meses, no suponen un porcentaje decente, ni siquiera se mantienen del todo limpias, siempre cubiertas del polvo de la vuelta perenne y en constante cercanía, como en esa banda sonora en la que un bicho mecánico y submarino se acercaba a mordisquear “suavemente” la barca de unos adolescentes distraídos.  Influjo de adrenalina moderno esto de reincorporarse a la actividad laboral, casi siempre sin sentido ni prospecto; que alguien me explique para qué trabajo si no es para enriquecer un poco más a los de siempre. Sí, ay, el dinero para vivir, qué remedio, comprar cosas y cosas, esclavos de la obsolescencia de esas cosas y de la nuestra, también programada por los tiempos de la productividad y esa inmisericorde y vacía profesionalidad. ¿Qué haríamos si no tuviéramos que volver al trabajo un lunes de agosto, de septiembre, hasta de octubre? Según la mayoría, incluidos en ella el empleador torcido y el empleado ufano, volvernos locos, todos, sin remedio. ¿Qué remedio nos queda entonces? Pues eso, ningún remedio, no hay remedio. Supongo…

En este día de vuelta de verano —no son vacaciones, es vuelta del verano, que es algo muy distinto a las vacaciones; es el verano un tiempo sagrado de cosechas y mieles, o eso dicen— he tenido, sin embargo, una pequeña alegría. De camino al baño oficial de la compañía, nunca demasiado vacío, me ha sorprendido ver un cartel justo al lado de la puerta. Quizá estuvo allí desde el principio, quién sabe, quizá nunca me percaté de él hasta ahora, eso es algo que me da igual. Lo que me importa es lo que dice ese cartel rojo con letras grandes y blancas, letras redondas y sabrosas. Es un cartel que dice: “Sin Salida”. Joder, qué frasecita, he pensado en un primer momento, no bastaba con que lo supiéramos, algunos más conscientemente que otros, que ahora quieren recochinearse: “Sin Salida: que no tienes salida, vaya.” Deberían haber completado entonces, para que lo tuviéramos del todo claro. Pero ha sido sólo un primer pensamiento, al entrar en el baño planteándome si quemar el dichoso cartel, previo banquete en su letras de trazo grueso, he visto la ventana al fondo de ese baño empresarial, una ventana grande, más alta que yo, del suelo al techo. En un gesto de automática lucidez, de esos que sólo se dan en los momentos de la mañana laboral, justo entre el sueño y la vigilia, torciendo a la derecha, he comprobado raudo su cierre y la he abierto, por primera vez, al menos para mí, y he visto el patio fuera, a un piso y medio de distancia. La he vuelto a cerrar, para volverla a abrir, sin problemas. He sonreído, creo que solo; de esto último no estoy seguro, puede que alguien más sonriera al mismo tiempo que yo. Se me ha iluminado el día y con él las ideas brunas de la vuelta; no han dejado de ser brunas, pero han brillado un poco cuando he pensado en el error que habían cometido esos que nos colocaron el cartel, tratando de evitar cualquier atisbo de revolución. “Sin Salida”. Ja, ¿sin salida por qué no hay puerta? Menos mal que los que mandan viven apoltronados en su corrupta contemplación. Me he reído y he vuelto a cerrar la ventana, no sin antes haber encontrado, al menos, cinco o seis formas de utilizar esa venta como salida principal en caso de incendio. 

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